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La primera sociedad

Venimos al mundo dependiendo de que otros nos cuiden, apoyen y nos ayuden a crecer.

Categoría: Cultura | 23 julio, 2015
Redacción: Eulàlia París

Pasamos nueve meses en el vientre de nuestra madre. Pero cuando nacemos, lo hacemos sin habernos desarrollado completamente. Según parece, todavía requerimos de unos seis años más para que por ejemplo nuestro cerebro acabe de completar las bases generales de funcionamiento. De hecho, se considera que es a los 21 que uno realmente ha completado el proceso.

Así que la especie humana, venimos al mundo dependiendo de otros que nos cuiden, apoyen y nos ayuden a crecer. Solo por dar un ejemplo de lo que nos sucede, como bebés, en los dos primeros años aproximadamente, percibimos lo de fuera como una amalgama; significa que no distinguimos entre tú y yo, no hay fronteras claras. La presencia del otro, de la alteridad, se va dando a medida que uno va desarrollando sus capacidades cognitivas.

Con todo esto, quiero decir que venimos al mundo en un estado de extrema vulnerabilidad y que necesitamos de otros para que nos alimenten, sostengan, cuiden y enseñen. Evidentemente, que no tengamos la conciencia desarrollada ni podamos decir con palabras lo que sentimos, no quiere decir que como bebés no nos percatemos de lo que ocurre, sea interiormente (los intestinos se van poniendo en su lugar y eso duele) o externamente (una bajada de las temperaturas). Al contrario. Precisamente somos un cuerpo y el cuerpo es una antena, una esponja absorvente.

Además, nacemos en un contexto particular: en un entramado de relaciones interpersonales que nos pre-existe, en un lugar y un momento históricos concretos. Seríamos sensiblemente bastante diferentes si naciéramos en medio de una guerra, una post-guerra o en una época pacífica. Tampoco es lo mismo nacer en un pueblo de China, en medio de la Amazonia o en Nueva York. Por no hablar de cómo repercute tener recursos económicos o no tenerlos, y tener acceso a una alimentación, una educación o a una asistencia sanitaria.

Sin ir más lejos, soy nieta de la Guerra Civil. Eso significa que aunque no viví ni la guerra ni la postguerra, recuerdo de pequeña que en mi familia era una herejía no acabarse la comida. Mis abuelos vivieron la guerra y mis padres la postguerra, de modo que estaba todavía muy presente la vivencia de haber pasado hambre. Mi padre, de pequeños, cuando protestábamos porque no nos gustaba la cena, siempre nos repetía que él cada noche tenía patatas hervidas para cenar y que no se le ocurría protestar porque mi abuelo le hubiese largado un guantazo.
En esta frase de mi padre hay algunos mensajes subliminales: la suerte que teníamos nosotros por tener acceso a una variedad de comida. La suerte que teníamos de que él no nos iba a proporcionar un guantazo por quejarnos, como hubiera hecho nuestro abuelo. Y sobre todo, en modo muy sutil, que realmente no teníamos derecho a quejarnos.

Estos mensajes directos e indirectos, sutiles o no, son con los que crecemos y, de algún modo, nos conforman. Para mi la unidad familiar es la primera sociedad: nos estructura, es donde aprendemos a relacionarnos con otros, a comportarnos en relación a otros, etc. Es importante para salir de nuestro narcisismo infantil. La familia nos frustra para crecer. Y también nos puede desestructurar.

Cuando les pregunto a los pacientes cómo fue su infancia, la mayoría dicen normal. Según eso, normal adopta muchas formas: era normal que los padres discutiesen a gritos (y a golpes) a menudo y delante de los hijos. En el otro extremo, nunca les vieron discutir y parecía que no pasaba nada. Era normal que uno de los progenitores les pegara habitualmente. Era normal que uno de los progenitores o algún familiar abusase sexualmente del niño. Era normal que humillase o retara a menudo a los hijos. Era normal que le hicieran chantaje emocional o que le tratasen de confidente y le contaran cosas en contra del otro progenitor. Era normal que uno de los padres desacreditase al otro delante de los hijos. Era normal no mostrar afecto y sí exigir resultados. Era normal pedir a los niños que jugasen sin hacer ruido para no molestar. Era normal que uno de los padres mandara y el otro acatara.
Si todo esto es normal, ¿Qué no lo es?.

Todo esto lo cuento, no para enfadarnos con nuestros progenitores, sino para darnos cuenta que como niños somos seres vulnerables y que no estamos todavía suficientemente maduros para colocar lo que ocurre a nuestro alrededor. Es muy habitual que como niños nos hagamos cargo de cosas que no nos pertocan.
El mundo de los adultos, esos a los que necesitamos para sobrevivir, nos influye de muchos modos. Y ante lo que ocurre, reaccionamos como podemos.

Agradecimientos: a Xavier Grau por el Naming de la sección y el ilustrador Pedro Triviño por ilustrar el artículo.

SA&ESTALVI

Categoría: Cultura | 23 julio, 2015
Redacción: Eulàlia París
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