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Entre mitos y estudios

Un estudio revela que no dudamos en convertir en dogma algo que nos han contado, que hayamos oído en una conversa ajena o leído en internet

Categoría: Cultura | 2 diciembre, 2016
Redacción: Alicia Cabezas

Hacía falta un estudio para desmentir que los bebés no son más listos si escuchan Chopin, Schubert o Liszt, el llamado Efecto Mozart. Psicólogos de la Universidad de Viena –todos los estudios que se hacen virales son elaborados en universidades y llevados a cabo por académicos- se enfundaron sus batas, reclutaron 3.000 bebés, les enchufaron Mozart y concluyeron que sus capacidades cognitivas seguían igual. Con ese mismo estudio se mataron dos pájaros de un tiro, pues también se echó por tierra el mito de que los sonidos agudos de Vivaldi relajaban al bebé que flotaba feliz y a sus anchas en el feto. Cuando nos enteramos de todo esto, hicimos una hoguera enorme con todos nuestros CDs de música clásica. Una vendetta personal contra Mozart por no hacer de nuestros hijos unos genios como él. Adiós a la estrategia de compensar con sinfonías las noches de Gran Hermano que consumirán de adolescentes.

Este tipo de desencantos también son extrapolables al mundo del deporte. Cuando ya hacía un par de semanas que salíamos a correr a las siete de la mañana -por la noche genera insomnio- y después trasladar nuestras carreras de la Diagonal –avenida que supera los límites recomendados de partículas perjudiciales en el aire– a la Carretera de les Aigües para no morir ahogados; empezábamos a sentirnos orgullosos y como peces en el agua con nuestra nueva vida mens sana in corpore sano; y teníamos claro que éramos pronadores y no supinadores, llegaron los fisioterapeutas echándose las manos a la cabeza y nos aguaron la fiesta.

Resulta que el footing es uno de los deportes más agresivos con nuestro cuerpo y que es ideal para el “trinchamiento” de pies y rodillas. Zapatillas con suela de gel especiales para el running; las mallas de compresión para corredores expertos; la camiseta transpirable y reflectante con su chaqueta a juego; y el smartwatch con GPS, contador de calorías y monitor de ritmo cardíaco… Todo relegado a un oscuro rincón, una buena tripa a cambio de unas rodillas sanas y duraderas. Por suerte, la situación se salvó con la irrupción de la tendencia del fofisanismo. ¡Gracias Leonardo DiCaprio! Pero no duró mucho. Sin previo aviso, el cuerpo de fitness le pasó la mano por la cara al “hombre real” y tuvimos que apuntarnos en masa a natación – el deporte más completo de todos e ideal para articulaciones y espalda por la ingravidez. Ningún fisioterapeuta, osteópata o quiropráctico podría interponerse.

Entonces, empezaron a brotar como setas, estudios que desaconsejaban ducharse todos los días. “La capa córnea se os irá al carajo”, decían. Si no podíamos  enjabonarnos diariamente con un gel de pH neutro, ¿cómo íbamos a poder nadar en aguas cloradas tres veces por semana?

 Demasiado tarde. Ya nadie podría sacarnos de la cabeza esa imagen de nosotros mismos saliendo de la oficina para sumergirnos en una piscina climatizada, haciendo unos largos a crol, inspirando cuando se inicia el recobro del codo, y saliendo del agua con el escultural cuerpo de Michael Phelps. Daba igual que la capa más externa de la piel, la que nos protege de las infecciones, ardiera como con en ácido en el agua clorada. No importaba. Hasta el día que te encuentras con veinte cabellos en el gorro de silicona. Sí,sí. Son veinte, los has contado cien veces. En aquel momento dices: “por la alopecia no paso”. El dermatólogo de tu primo dice que para evitar la caída del cabello es mejor lavárselo cada dos días y, el de tu tía, que es fundamental hacerlo diariamente. No sabes qué consejo seguir así que los vas alternando. Siempre ha sido mejor ir al médico a través de terceras personas.

Resignados buscamos otra actividad que resultará ser mucho mejor, según todo lo que hemos leído. Nadar en mar abierto en pleno invierno. La cantidad de beneficios que nos perdimos en el charco clorado. Quedamos ensimismados por las propiedades curativas de esta actividad sin gorro: dejar atrás el insomnio, combatir el estrés, encontrarte a ti mismo entre la arena, las olas y la brisa y, ¡prevenir resfriados! Al final, pillas pulmonía y tiras la toalla. Para cuando vuelves a sentirte cómodo en el sofá, sin remordimientos, resultó que el running no era tan malo, que la Diagonal no estaba tan contaminada y, ya sea por el cloro, el gorro, el azúcar o la edad, tarde o temprano, perderemos el pelo.

Finalmente, decidimos ducharnos una vez por semana, perder a familiares y amigos a favor de una capa córnea sana. Por aquel entonces todavía podíamos ahogar las penas con comida basura. Hasta que la OMS entró en escena con uno de sus devastadores estudios. Beicon, salchichas, embutidos y algunos tipos de hamburguesas. Todos a la lista negra de la organización, también conocida como “lista Grupo 1”. En ella se enumeran todas las sustancias cancerígenas y peligrosas para los humanos. Allí están, junto al tabaco, el alcohol y la naftalina: el espetec, el chorizo y los nuggets transgénicos. Además de olvidarnos de nuestros queridos alimentos del “Grupo 1” -de los que ni siquiera pudimos despedirnos como es debido, todo fue muy rápido- también tuvimos que redecorar la nevera. La paleodieta, que nos mandaba recuperar los hábitos alimenticios de los hombres de las cavernas y que nos devolvería la sensibilidad que la vida moderna nos había robado; resultó ser el agujero para nuestra tumba, según demostraron los ratones de los laboratorios de la Universidad de Australia y Yale. Todo no estaba perdido. La depuración era posible con cinco días de semiayuno, ingiriendo exclusivamente sirope de savia y asumiendo la consecuente pérdida de un par de premolares; y un dieta macrobiótica y vegana de cinco a diez años, dependiendo de si existe o no injerencia de pasteles de caca de Ikea en nuestro organismo.

La cosa no terminó ahí. ¡Ojo con los purés y los guisos con tubérculo! Si se dejan reposar en la encimera y no en la nevera, podrían desarrollar Clostridium Botulinum. Su ingesta puede provocar una intoxicación grave, según la Biblioteca Nacional de Medicina de EE.UU.. Así que ya sabes, oídos sordos a la milenaria receta familiar, a la salud de hierro de la abuela y a las palabras del cocinero David de Jorge. La nevera no es la muerte de la tortilla de patatas sino la tuya. A la tortilla seca uno se acostumbra.

Hay dos estudios que se han aposentado y apoderado de las sociedades modernas:  Ocho vasos de agua al día y Ocho horas de sueño diarias. Dos teorías de autores anónimos –o quizás son el mismo- y de origen desconocido pero que hoy son todo un dogma. Si bebes un litro y medio de agua al día eres un suicida y si duermes seis horas y media, eres un pollo sin cabeza.

Las vitaminas del zumo, ¿se van o no se van?

Categoría: Cultura | 2 diciembre, 2016
Redacción: Alicia Cabezas
Tags:  dogmas, mitos,

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