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Gergiev la cagó en 2015, pero vamos a darle otra oportunidad

El director regresa a Barcelona para dirigir la 4ª Sinfonía de Shostakovich, y lo hace con el recuerdo amargo de haber sido despedido entre gritos y abucheos en su último concierto en la Ciudad Condal

Categoría: Cultura | 20 enero, 2017
Redacción: Javier Blánquez

gergiev Gergiev la cagó en 2015, pero vamos a darle otra oportunidad

En la música clásica de hoy no existe ninguna personalidad de relieve que represente mejor que Valery Gergiev (Moscú, 1953), o al menos de manera más impactante, icónica y opulenta, ese rasgo principal que define a todos los directores de orquesta desde la época de Toscanini y que, según el crítico inglés Norman Lebrecht, consiste en el deseo y la persecución implacable del poder. Incluso en el siglo XXI, lejos ya de los buenos tiempos de Herbert von Karajan o Georg Solti, el director de orquesta representa unos valores que asociamos con la disciplina, la tiranía, el control férreo del resultado y la proyección de una aura –que en algunos casos se torna sombra– de trascendencia. El director es un dictador entre sus músicos, y su motivación principal, más allá de dar vida a las grandes obras sinfónicas del repertorio, es ser un dios sobre el podio. Un icono de la cultura, una atracción para los políticos, alguien que proyecte a su alrededor un carisma casi divino.

Valery Gergiev, el gran maestro ruso del siglo en curso, es posiblemente el director en activo con más peso de los últimos años, siempre y cuando obviemos discretamente que por ahí también andan Riccardo Muti, Christian Thielemann y el todavía joven, y más prodigioso que nunca, Gustavo Dudamel, conocido entre los hipsters como “Maestro Rodrigo”. Si se trata de determinar una jerarquía está claro que a Gergiev le saldrían competidores por todas partes, pero también es cierto que su estatura supera individualmente a casi todos los directores del circuito en aspectos puntuales: siendo un todoterreno que aborda con igual eficacia el canon sinfónico y la ópera, que comanda desde hace años con puño de hierro un teatro de prestigio como el Mariinsky de San Petersburgo, Gergiev lleva años mostrando un nivel de excelencia y de voracidad que caracteriza a los verdaderos monstruos de la batuta. A modo de ejemplo, hace apenas un año se publicaba una caja con grabaciones en vídeo de un ciclo completo de Shostakovich, un compositor del que él, como ruso que es, ha querido erigirse en autoridad. Las 15 sinfonías, todos los conciertos, todo ello grabado con la orquesta del Mariisnky a mayor gloria, no tanto de Shostakovich, que ya no necesita más, sino de su afán de protagonismo personal.

Pero, sobre todo, lo que más ha hecho crecer la fama de Gergiev es su proximidad al presidente ruso, Vladimir Putin, que en su ambición imperial no ha dudado en tenerle como embajador cultural de la nueva Rusia. Gergiev suele eludir la polémica evitando dar entrevistas y manteniendo una actitud ligeramente indiferente a su cercanía con el Kremlin, pero lo cierto es que siempre que el poder se lo ha demandado -por ejemplo, dirigir la orquesta en las ceremonias de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi–, él ha estado ahí al servicio de su país, y por extensión de su ego. A la vez, Gergiev es un rastreador de talentos incomparable, y en su cantera del Mariinsky se han forjado voces importantes del repertorio operístico actual como Anna Netrebko o Mikhail Petrenko. Hacía tiempo que la música clásica en Rusia, para Rusia y desde Rusia, no vivía un momento de tanto esplendor.

Ahora bien: el recuerdo reciente que tiene el público de Barcelona con Gergiev es altamente negativo, y todo se debe a la representación de hace unos dos años –en versión concierto y en el Gran Teatre del Liceu– de la obra maestra de Richard Wagner, Tristan und Isolde. Aquella interpretación fue un desastre, no tanto por parte de la orquesta, que sonó pulcra, dinámica, con destellos de brillantez y a un tempo vivo, sino por el catastrófico casting de voces, que acabó significando un atentado imperdonable contra la belleza de la partitura. Bien porque no estuvieran a buen nivel, bien porque tuvieran una mala tarde –que la tiene cualquiera, como decía Chiquito de la Calzada–, bien por dejadez o por pensarse que el público barcelonés es tercermundista, el caso es que tanto la Isolda de Larisa Gogolevskaya como el Tristán de Robert Gambill sonaron con un timbre apagado, con poco volumen, sepultados por el oleaje orquestal casi desde el mismo principio. En el primer acto se notaron dudas y el aplauso fue tibio, con alguna queja. En el segundo, donde la exigencia vocal es monumental, nadie del elenco estuvo a la altura y los abucheos fueron clamorosos. Consumado el desastre en el tercer acto, el público del Liceu despidió a Gergiev entre gritos. El director, avergonzado, acabó pidiendo perdón, y solicitando que la grabación del concierto, que había realizado Catalunya Música, fuera retirada de la emisión.

Ahora, Gergiev vuelve a Barcelona, y lo hace con el recuerdo amargo de aquella noche del 18 de marzo de 2015. Seguramente, querrá quitarse la espina, máxime cuando su anterior paso por el Liceu, con su dirección de la Iolanta de Chaikovski, y con Netrebko como voz principal, hizo babear a la platea. Una vez más, será al frente de la eficaz máquina de pulcritud sinfónica que es la orquesta del Mariinsky, con un doble programa que vuelve a reincidir en Wagner, y esta vez con un elenco de voces mucho mejor estudiado.

La cita con Gergiev será en el Auditori en el fin de semana del 27 al 29 de enero, y con el siguiente menú en tres partes: el primer día, el concierto para piano de Franz Liszt –con George Li como solista–, un doblete wagneriano con el preludio sinfónico de Lohengrin y el tercer acto completo de Tristan und Isolde, con dos voces mayúsculas –el tenor Mikhail Vekua y la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek, de la que aún recordamos su gran Desdémona en el Otello de Peralada en 2015–, y la escena final de la decapitación y el beso necrófilo de la Salome de Richard Strauss, también cantada por Westbroek. Los dos días siguientes, sábado y domingo, cambia el programa y la orquesta se adentrará en la terrorífica 4ª Sinfonía de Shostakovich, aquella que el compositor no se atrevió a estrenar hasta pasada la muerte de Stalin por miedo a las represalias del régimen, poco receptivo al expresionismo que el compositor había empezado a explorar a mediados de los 30.

Así que, una vez más, el dilema Gergiev: admirarle por su control férreo de la dirección, o mantenerle en cuarentena por su afecto a la autarquía de Putin; concederle una nueva oportunidad tras el desastre del Tristán liceístico, o tenérsela jurada para los siglos, como si le lanzáramos una maldición gitana. Si optamos por la primera de las dos opciones en sendas dicotomías, el plan del fin de semana es suculento: Gergiev enfrentándose a varios monumentos del repertorio sinfónico en un solo fin de semana maratoniano, con la orquesta a punto y, esperemos, esta vez con las voces en forma. Sabiendo lo mucho que cuida su proyección titánica, lo mucho que le jode haber quedado mal, dudamos que esta vez Gergiev se la juegue y nos dé la dirección de su vida.

Categoría: Cultura | 20 enero, 2017
Redacción: Javier Blánquez
Tags:  auditori, Gergiev, música clásica,

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