R t V f F I
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La Ciutadella: el fantasma de un parque

La alarmante degradación de un enclave barcelonés en coma

Categoría: Cultura | 13 julio, 2015
Redacción: Óscar Broc

La Ciutadella se muere abandonada a su suerte y nadie parece dispuesto a hacer nada. Ya va siendo hora de que los usuarios de este magnífico espacio nos pongamos serios y exijamos que alguien salve el pulmón más importante de Barcelona. O esto o nos ahogamos todos en nuestra propia sangre. ¡SOS Ciutadella!

Hace tres años que soy un usuario empedernido de la Ciutadella, me gusta recorrer el parque con mi perro Dylan, y sumergirme en esta pequeña sociedad agreste interurbana, un territorio de hermandades perfectamente reconocibles para el ojo entrenado. Todavía me asombra la facilidad de encaje de linajes tan dispares. Se trata de pequeñas familias que han ido apoderándose de diferentes áreas del parque sin pisarse el terreno, asumiendo un pacto tácito que desde siempre ha regido la convivencia en la zona: aquí hay sitio para todos.

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Las del tai-chi: grupos de señoras luchando a tendón partido contra su flacidez e imitando los movimientos fluidos de un profesor chino de cualificación sospechosa. Los de los chuchos: Los dueños de perro nos conocemos, formamos camarilla, manada. Vete con cuidado. Sabemos quién eres. Runners: Casi todos consideran que Dios les ha bendecido con el monopolio del parque y son con diferencia los menos respetuosos, pero ahí están, sin que nadie todavía les haya cruzado la cara. Santa paciencia. Carteristas: Soy muy fan de la cuadrilla de señoras rumanas que se dedican a limpiar los bolsillos de los guiris sesteantes. Si vas a primera hora de la mañana, el pillaje fino que llevan a cabo sobre la población turística en estado inconsciente es un espectáculo digno del más bello amanecer. Acróbatas y percusionistas: Tipos que ponen cintas elásticas entre árboles, se tiran todo el día haciendo equilibrios y también portan armas de destrucción masiva, como bongos y diávolos. Y hay muchos más: Las familias que se tiran todo el fin de semana celebrando cumpleaños y picnics, rodeadas de ratas y cacas de perro; la mafia de las mesas de ping-pong; las cheerleaders que ensayan cada tarde; las locas de los gatos; la comunidad africana; los personal trainers con sus alumnos; los homeless…

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La burbujeante vitalidad de la biosfera de la Ciutadella contrasta sobremanera con la feroz necrosis que está zombificando el tejido de un espacio otrora luminoso, vital. El deterioro de la salud del parque ha adquirido velocidad de crucero y son muy pocos los que confían en una sanación a medio plazo. Huele a muerte lenta. En los últimos años, se ha acrecentado dramáticamente la percepción de abandono, es como si los miembros del servicio de mantenimiento y jardinería jugaran los minutos de descuento de una derrota abultada. Algunos flotan ocasionalmente por un caminillo arrastrando mangueras, ajustando una boca de riego entre lamentos. Parecen espectros traslúcidos incapaces de interactuar con nuestro plano existencial. Atraviesan la carne y se evaporan cuando les hablas.

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Son fantasmas en el fantasma de un parque. Porque la Ciutadella ha dejado de ser un organismo vivo. Lo que vemos ahora es un ectoplasma borroso, siniestro y melancólico. Presas de la falta de cuidadores, los espacios de mayor valor estético y arquitectónico han desarrollado un grueso callo de decadencia que costará Dios y horrores limar. Las aguas de las fuentes y estanques no te devuelven el reflejo, son ciénagas verdosas de alta viscosidad que apestan a corrupción; charcos rebosantes de mierda en los que no se atreven a mojar la pata ni los perros.

La estatua de la Desolació da auténtica pena. Una espuma radioactiva flota en el agua negruzca. La mayoría de arbustos parece haber sobrevivido a un esquizofrénico con un lanzallamas. Hay setos rectangulares de ciprés que cobijan mierda a raudales en sus entrañas. La fuente que hay delante del Castell dels Tres Dragons escupe agua marrón y acumula vegetación corrupta en su superficie. Se masca el pudrimiento en todas partes. Si te adentras en las zonas más verdes, enseguida descubres que los márgenes silvestres del parque son vertederos a pequeña escala: botellas, envases y bolsas de plástico comparten escondite con heces caninas y humanas. A veces encuentras alguna pieza de hachís. A veces la encuentra tu perro y tienes que llevarlo corriendo al veterinario. La escultura de la Exposición de 1888, no muy lejos de dicha zona, es ahora un titán aberrante de óxido, escombros y chapapote. Definitivamente, la Ciutadella ha dejado de ser un santuario barcelonés para convertirse poco a poco en otro vertedero encubierto, otra alfombra bajo la que deslizar la inmundicia, como la playa de la Barceloneta.

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Este vivo está muy muerto

Cuando recorres el área del eje científico que se aboca al Passeig Picasso, a mi juicio una de las gemas arquitectónicas del parque, percibes el hedor a derrota y necrosis con mayor intensidad. Los farolillos rotos, los monumentos olvidados, los túmulos de basura, las aguas estancas y las podas asimétricas se suman al estado preocupante de estos majestuosos edificios. Ahí es cuando estás viendo el cadáver en su estado más alarmante de putrefacción. L’Umbracle i l’Hivernacle, por ejemplo, son viejas pirámides abandonadas a los caprichos del desierto: podrían utilizarse como escenario de una fantasía distópica. Hay una colonia de mendigos que ha clavado la bandera precisamente en dicha zona y utiliza las instalaciones como hogar y váter improvisado. Sus perros corretean libres por ahí. Uno de los sintecho toca un saxo estridente antes de la puesta de sol. La música reverbera entre las paredes y los espacios vacíos de estos edificios. La imagen destila una melancolía atenazadora. No tiene nada de mágica.

La Ciutadella es una ciudadela fantasma en la que solo manda la oxidación, el musgo, el avance desgastador del tiempo. Y la sensación es que los servicios de limpieza y jardines no están capacitados y/o habilitados para hacer recular el carcinoma. Este parque siempre ha sido más que un parque, más que un pulmón para la ciudad, la Ciutadella es un libro de historia de Barcelona en las mismas tripas Barcelona, y es obligado entregarla a los ciudadanos, como hasta ahora se ha hecho, pero nunca a los elementos. Las autoridades han permitido que el pulmón con mayor carga histórica de Barcelona se desintegre víctima del apretón mortal de su propio éxito. La gente no dejará de acudir a la Ciutadella, las pequeñas familias que la pueblan no renunciaran a su segunda patria, hay un engranaje de pequeñas sociedades que funciona perfectamente por sí solo, pero el uso desgasta y ensucia el parque. Y el nivel de respuesta por parte de los equipos de mantenimiento a semejante afluencia de fieles no está a la altura de las circunstancias. Se queda muy corto.

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De hecho, los asiduos al parque estamos acostumbrados a exhibiciones de cinismo ejemplares por parte de la administración cuando se acercan fechas importantes y toca esterilizar el parque, pues vienen los políticos a hacerse la foto. Hay que joderse: la Ciutadella da un asco lovecraftiano durante todo el verano, los equipos de mantenimiento no tienen tiempo para limpiar aguas, sacar basura y preservar el civismo. Eso sí, cuando se acerca el 11 de Setembre, se produce un curioso milagro: de repente salen jardineros, operarios, equipos de limpieza y guardias urbanos de debajo de las piedras. Las aguas recuperan su transparencias, los setos muestran una poda impecable, los homeless se van de vacaciones, la carroza de la Cascada vuelve a producir brillos dorados. No es más que capa de maquillaje rápido que genera bochorno e irritación entre los habituales. Que no somos gilipollas, oigan.

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La administración Colau tiene mucho trabajo por hacer con la Ciutadella y un conflicto de difícil resolución: el avance cada vez más preocupante de las instalaciones del zoo en detrimento del espacio del parque. Dicha colonización terminará siendo un problema para la Ciutadella, básicamente porque avanza como tumor silencioso y se va comiendo cada vez más espacio verde. Lo cierto es que comienzan a alzarse muros de separación entre el parque y el zoo, y hablo de muros físicos de hormigón que destrozan el paisaje, muros que nos llevan a pensar que la administración se decantará por  la expansión del zoológico y la consiguiente merma de su vecino. Una agresión más a un espacio histórico magullado y estertóreo al que el quedan muy pocos asaltos. Es urgente, sañora Colau: la Ciutadella tiene que volver cuanto antes al mundo de los vivos: estamos hartos de  pasear por el fantasma de un parque.

Categoría: Cultura | 13 julio, 2015
Redacción: Óscar Broc
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