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Mind the gap

El abismo entro lo que debería ser y lo que ocurre realmente. Una nueva entrega de "Sano y salvo".

Categoría: Cultura | 11 diciembre, 2017
Redacción: Eulàlia París

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Entre que no sabemos escucharnos internamente, que nos confundimos con las decenas de personajes que nos habitan, y que hablan al unísono de nuestras vidas en 3D como un coro de comentaristas en directo, y, el contexto, que ensalza al individuo, al ego como epicentro de la vida y de todo; bueno, pues no hace falta ser ningún Einstein para darse cuenta que la comunicación entre nosotros va a estar llena de confusiones, supuestos, necesidades no expresadas directamente, egocentrismo, etc.

En lugar de decir que no sabemos escucharnos internamente, lo más apropiado sería decir que hay ciertos afectos ante los que, cuando se dan, salimos escopeteados. Afectos como la envidia, la vergüenza, el desprecio, la culpa, la angustia, el dolor, el miedo, la inseguridad… que en algún momento hacen acto de presencia. Gracias a nuestra educación judeocristiana, estos afectos están cargados de juicio. No está bien sentir envidia, no está bien despreciar u odiar a otro, si siento culpa es porque me he portado mal, o hago, o siento o digo algo que debería darme vergüenza. También ocurre que los afectos están cargados de obligaciones: debería ser valiente, debería ser alegre, debería ser sentir confianza en mi mismo…

Sin embargo, hay una gran diferencia entre lo que debería hacer, sentir o pensar y lo que realmente hago, siento o pienso. Nos fastidiará más o menos, pero hay sentimientos que no nos gustan y no van a desaparecer simplemente porque no los deseamos. Pues sí, te molestará, pero a veces hay alguien que te cae mal o te resulta insufrible. Es así y NO PASA NADA. O alguien que te da rabia porque tiene lo que tú no tienes. Aunque no lo digamos, es normal sentir envidia, frustración o lo que sea. Ya puestos a hablar en condicional, lo sano sería, para empezar, reconocer estos sentimientos indeseados o inquietantes. Y luego ya veremos qué hacemos con ellos.

La relación con los otros implica un encuentro de dos egos, con un mundo interior que a menudo desconocen o que prefieren desoír porque molesta. Con frecuencia tampoco tenemos claras nuestras necesidades personales, dado que -como hemos visto- hay ciertos sentimientos de los que huímos despavoridos cual fantasmas de la ópera. O en caso que sí tengamos claro lo que queremos, creemos -en una muestra suprema de egocentrismo- que el otro ya tiene que saberlo. Se ve que nos leen las mentes; o deberían. Bueno, yo, como nací entre los humanos y no en el Olimpo, no sé leer mentes. Así que, limitada como soy, a menudo necesito que me hablen claro, que me pidan directamente sin dar rodeos, que me expresen qué están sintiendo, pensando o suponiendo, porque no tengo súperpoderes para saber en qué órbita está el otro o qué le ha ocurrido antes de encontrarnos. A lo sumo puedo como mucho suponer, por tu lenguaje no verbal, que me parece que estás triste.

Sa i estalvi

Agradecimientos: A NomNam por el naming de la sección

Categoría: Cultura | 11 diciembre, 2017
Redacción: Eulàlia París
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