R t V f F I
pdg juliol 1 18

El bueno, el culpable y el malo

La desobediencia. Una nueva entrega de "Sano y salvo".

Categoría: Cultura | 11 julio, 2018
Redacción: Eulàlia París

pdg juliol 1 18 El bueno, el culpable y el malo

En el anterior capítulo vimos que tenemos inoculado el virus del buenismo:  hemos aprendido a portarnos y ser buenos para que nos acepten. Y esto, vimos, nos acarrea discusiones internas sobre moralidad acerca de si lo que estamos pensando, sintiendo o haciendo está bien o mal.

En muchas ocasiones, y gracias a nuestro juez interno, en esas discusiones internas sobre moralidad salimos perdiendo: sentados en el banquillo del acusado, se nos declara culpables.

La culpa es la inevitable reacción cuando –gracias a una educación judeocristiana- todo se dirime en bueno o malo. Y no hay más opciones, obviando todos los grises.

Somos culpables porque alguien nos cae mal… y eso no está bien. Somos culpables porque deseamos a otros que no son nuestra pareja… y eso está mal. Somos culpables por dudar… y no deberíamos tener dudas, deberíamos tenerlo todo claro a cada momento. Somos culpables porque no queremos a tal persona y deberíamos… porque eso es lo bueno y porque esa persona sí nos quiere. Somos culpables porque nos aburrimos con ciertos amigos.

Y así vamos sumando puntos en nuestra condena a malos malísimos.

La culpa es un sentimiento de carga. Es como un peso o unas cadenas que nos dificultan vivir. De repente aparece ese sentimiento de cuando éramos niños y nos regañaban por haber hecho algo malo. Bajamos la cabeza, sentimos vergüenza, sentimos que somos malas personas. Y esa es en resumen, en forma de caricatura, la peli que nos montamos.

Obviamente, hacer una evaluación de nuestros actos y arrepentirnos en un momento dado es un acto de responsabilidad que demuestra que nos importan las consecuencias de nuestras acciones y cómo éstas pueden afectar a otros. O sea, nos importan los otros.

Con lo que no comulgo es esa letanía constante de fondo, cuyo hilo argumental es una manera de pensar y juzgarnos en negativo la mayor parte del tiempo.

Cuando era más joven, sentía que tenía que querer a las personas de mi familia porque éramos miembros de la misma familia. Sin embargo, con el tiempo, acepté que no todos los miembros de mi familia me caían bien. Es así. No lo hago a propósito ni para dañarles. Por los motivos que sean, hay personas que nos gustan y otras que no. De hecho, nosotros mismos gustamos a algunas personas y a otras no.

Eso no tiene que ver con que esté bien o mal. Simplemente se da.

Hace poco le contaba a una persona que se sentía mal por valorar a otra en términos peyorativos, que juzgamos a discreción. En realidad es una técnica adaptativa, probablemente heredada de nuestros ancestros para quienes unos segundos podían ser decisivos. Los humanos cuando vamos por la calle, en el transporte público, etc, observamos a los otros y decidimos –en décimas de segundo- si podemos fiarnos de alguien o no. Nos basamos en algo tan poco científico como las primeras impresiones y algunos clichés. Nos basamos también en nuestras creencias aprehendidas sobre lo que es bueno y lo que no. Alguien en traje chaqueta y corbata nos va a parecer más fiable, que alguien con un chándal tuneado.

Y no tiene por qué ser así.

Sa i estalvi

Agradecimientos: A NomNam por el naming de la sección

Imagen de Pixabay. 

Categoría: Cultura | 11 julio, 2018
Redacción: Eulàlia París
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