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Montjuïc, montaña querida y maldita

Durante años fue un cementerio, en otros tiempos una fortaleza, luego se convirtió en epicentro del barraquismo hasta caer en el olvido. En 1992, la montaña resurgió

Categoría: Historia | 8 marzo, 2017
Redacción: Edu García

El distrito de Sants-Montjuïc es distrito 3 según la actual división administrativa. Es el distrito más extenso de la ciudad, representa el 21 % de total de Barcelona. En su territorio domina el verde ya que está dominado por la montaña de Montjuïc, un auténtico pulmón ciudadano. El distrito se extiende por las laderas de la montaña y a lo largo del camino que, desde Barcelona, a sus pies, se dirigía al sur de la península. Municipio independiente durante mucho tiempo, Sants fue agregado a la ciudad en 1897 motivo por el cual, como otros distritos agregados, ha conservado una fuerte personalidad, siendo uno de los más populares de la ciudad, con una gran vida social y calles llenas de vecinos.

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LA MONTAÑA MALDITA Y QUERIDA

El distrito se extiende a la sombra de la montaña de Montjuïc que domina el llano a 177 m. de altura. Su destacado perfil, sin duda, debió ofrecer la seguridad necesaria que buscaban los primeros habitantes según apuntan los datos aportados por la arqueología. Los romanos supieron sacarle rendimiento a la montaña mediante la extracción de la piedra que sería una constante a lo largo de los siglos posteriores. La montaña fue la cantera de la que se basteció la ciudad, los investigadores apuntan que el 9% de la montaña está aprovechada como material de construcción.

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La comunidad judía aprovechó la montaña, instalando allí su cementerio hasta el momento de su fin en 1391. De esta presencia la montaña recibe su nombre: Montjuïch es la montaña de los judíos. Pero no sólo sería la montaña de los judíos, desde muy antiguo en sus laderas se levantaron las ermitas de Sant Julià, Sant Ferriol, Sant Fructuós, Sant Bertrán o la de Santa Madrona, aún existente junto al MNAC. Su situación elevada llevó a los condes a construir en la cima una fortaleza que sirvió, tras varias remodelaciones, para defender la ciudad durante el asedio de la Guerra dels Segadors y se convierte en el complemento de la Ciutadella tras la guerra de Sucesión. El castillo tuvo un papel destacado y se convirtió en símbolo de opresión, y con él la montaña. Fue especialmente dura la actuación que en 1842 se llevó a cabo por orden del general Espartero que lanzó más de mil bombas sobre la ciudad y años después se convertía en prisión.

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Pero la montaña presentaba otra cara más amable, si el castillo era odioso, las fuentes eran queridas por la ciudadanía. La Font Trobada, la Font del Gat, la de les Pessetes, la Font de la Conna, la de la Walkiria, la de la Vista Alegre, la del Geperut, la de la Satalia, la dels Tres Pins, la de la Mamella, la del Esparver o la de la Guatlla  ofrecían agua y espacio de recreo a una Barcelona que se ahogaba, amontonada, dentro de las viejas murallas. Los merenderos eran un oasis muy querido por los barceloneses.

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La montaña fue también vivienda, al lado de unas pocas casas residenciales, se extendió el barraquismo, la montaña fue pobre durante años en Can Valero, Tres Pins, Poble Sec, Les Banderes, Sobre la Fossa, Camí d l’Esparver, Jesús i Maria o en La Muntanyeta. La montaña sirvió para acoger lo que en otro sitio no cabía. Además de las personas más humildes también acogió a los difuntos, en 1883 se inauguraba el cementerio donde se fueron enterrando la burguesía barcelonesa que elegía para su última morada a los mismos arquitectos que habían construido sus residencias y que hoy hacen del cementerio un espacio cargado de arte e historia. En este mismo sentido también la montaña acogería la primera escuela al aire libre que tuvo la ciudad, l’Escola del Bosc, era 1914. La montaña que despertaba sentimientos encontrados, odiada por su castillo y querida por sus fuentes, donde vivían los pobres y se enterraban a los ricos, cambió entrado el siglo XX con motivo de la Exposición Internacional de 1929. La montaña, que había ido ganado espacio público con la adquisición de la finca Laribal en 1909, fue el espacio escogido para la celebración de una exposición que debía realizarse en 1917 pero que nollegó a ver la luz hasta 1929. Para acogerla se construyeron caminos, se levantaron palacios y pabellones siguiendo un plan trazado por Josep Puig i Cadafalch, defenestrado por Primo de Rivera, y se inició un proceso de ajardinamiento que se dejó en manos del francés Jean Claude Nicolás Forestier y del menorquín Nicolau Maria Rubió i Tudurí. El acontecimiento dejó una serie de espacios que, años después, se convertirían en los grandes equipamientos: el Palau Nacional (MNAC), el Estadi, el Poble Espanyol, el Palau de l’Agricultura (la Ciutat del Teatre),  el Pavelló de la Ciutat (Guàrdia Urbana), el Palau de les Arts Gràfiques (Museu Arqueològic), el pavelló de la Caixa (Institut Cartogràfic), el Teatre Grec, la Font Màgica, el Pavelló Mies van der Rohe o los jardines de Miramar.

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Tras la Exposición la montaña fue escenario de las Ferias de Muestras y poco más, Barcelona se iba olvidando de la montaña. Sólo acontecimientos puntuales de carácter deportivo volvían a hacer de Montjuïc un foco de atención, así entre 1883 y 1934 se llevaron a cabo competiciones hípicas en el hipódromo de Can Tunis, de tiro deportivo desde 1905 y el motor con los grandes premios de automovilismo (cuyo trágico fin fue el accidente mortal de 1975) y las 24 horas de resistencia en moto que se celebraron anualmente hasta 1982. Y además del deporte la montaña ofrecía ocio a los ciudadanos con el Mirador del Alcalde abierto en 1963, autohomenaje del alcalde Porcioles con un interesante trabajo del artista  J.J. Tharrats, el Parc de Atraccions, abierto entre 1966 y 1998, o los tres jardines inaugurados en 1970, el de mossèn Cinto Verdaguer, con sus plantas bulbosa, el de mossèn Costa-Llovera, con sus cactus, o Joan Maragall, de tipo afrancesado, con amplios parterres y la recuperación del Mercat de les Flors como teatro en 1984. El ocio contó con la cultura que tomó la forma de museo, al MNAC, inaugurado en 1934, y al Arqueológico, en 1935, se añadió la Fundación Miró, en 1975.

La definitiva recuperación de la montaña fue con la celebración en 1992 de las Olimpiadas, en torno a un infravalorado Estadi se construyó la Anella Olímpica, con el Palau Sant Jordi del japonés Arata Isozaki y la torre de Calatrava, y las recuperadas piscinas. En Montjuïc se vio como una flecha encendía el pebetero y, después, como el Cobi, la mascota olímpica, marchaba en globo. Así la montaña volvía ser el centro de la ciudad que ya no olvidaría su montaña ni sus variados encantos.

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CAMINOS DELANTE DE LA MONTAÑA

El núcleo central del distrito, centrado en la parroquia de Santa María de Sants, documentada ya en el siglo VIII, se sitúa delante de la ciudad, siguiendo el itinerario que, desde los orígenes de la ciudad, se dirigía hacia el sur. Este núcleo lo forman los actuales barrios de Hostafrancs, la Bordeta, Sants y Badal. Un camino recorría la actual carretera de la Bordeta y el camino principal seguía el trazado de la antigua Via Augusta, el viejo camino romano que pasaba por la costa y que siguió usándose a lo largo de los siglos. En época medieval se denominó Via Morisca y, a finales del siglo XVIII, se transformó en Camí Reial o Camí d’Espanya modificandose su trazado. Hoy es una vía recta que parte de plaça Espanya y se adentra en el distrito por el carrer Creu Coberta, cuyo nombre recuerda la vieja cruz de término barcelonesa, y continúa por el carrer de Sants hasta convertirse en la carretera de Collblanc en el municipio de l’Hospitalet. El antiguo camino no era tan lineal ya que transcurría por las actuales calles que transcurren a ambos lados del trazado actual: del Sant Crist, Blanco y Tirso de Molina. Recorrer este camino nos ofrece los principales atractivos del distrito: el mercado de Hostafrancs, la sede del distrito, Les Cotxeres, les plazas Osca, Ibèria, Bonet i Moixí i Sants, el Mercado de Sants  y callejones como el carreró de les Ànimes.

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Este carácter de zona de paso se ha mantenido con el tiempo, en 1855 dejó su impronta en el distrito al situarse la estación principal de ferrocarril de la línea Barcelona a Martorell.

Los terrenos adyacentes al camino, antiguamente fueron terrenos agrícolas y poco poblados y en ellos fueron habituales los espacios dedicados a hospedaje de los que se dirigían a la ciudad, uno de ellos, abierto por Joan Corrades, ha dado nombre al barrio de Hostafrancs ya que así era natural de Hostafrancs de Sió en la Segarra. Estos terrenos agrícolas, surcados por rieras, experimentaron un fuerte crecimiento en el momento de la expansión que Barcelona experimentó en el siglo XIX. La industrialización tendría una de sus bases en sants donde se levantarían el Vapor Vell de Joan Güell (1842), la Espanya Industrial o Vapor Nou (1849) o Can Batlló (1878).

La industrialización trajo consigo la transformación urbanística de la zona que empezó su urbanización dotándose tanto de las casas de los obreros como de los propietarios y que aún hoy configuran un paisaje urbano marcado por calles estrechas con edificios humildes salpicados de algunas construcciones elegantes.

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DOS BARRIOS A LEVANTE DE LA MONTAÑA

En la ladera de levante de Montjuïc encontramos dos barrios con una serie de características comunes. En primer lugar las características morfológicas hacen que las calles sean empinadas y de complicado acceso. En segundo lugar son barrios marcados por las aguas.

Encarado a Ciutat Vella i l’Eixample con los que comparte el Paral·lel, su frontera, el Poble Sec se extiende por el lado levante de la falda de la montaña, situación que siempre ha llevado asociado a un clima más seco que en otras zonas. El barrio, lo constituyen tres zonas distintas: les hortes de sant Bertran, más cerca del puerto, l’Eixample de Santa Madrona i la França Xica, cerca de plaça Espanya. En el barrio destaca el Parc de les tres Xemeneies, el refugi 307 en Nou de la rambla, el peatonal carrer Blai, les places del Sortidor y de les Naves…

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Más allá de Plaça Espanya, la Font de la Guatlla es el segundo barrio encaramado a la montaña, se encuentra en la ladera que baja hasta la Gran Via, abrupta en la parte más alta y suavizada en la parte más baja. Su denominación recuerda una vieja  es relativamente reciente y ha sustituido a la tradición de Magòria de la riera que descendía por el carrer Mineria.

En el barrio destaca la fàbrica Casarramona, obra del arquitecto Josep Puig i Cadafalch, hoy sede del Caixafòrum. Un edificio interesante es Cal Drapaire, ya que su promotor era propietario de un almacén de trapos, situado en  Gran Via 272, es un edificio enorme construido en los años 20 para alojar a familias barraquistas y que con 240 casas fue el mayor de su época. Si tuviera que elegir un rincón me decantaría por una serie de calles, cuyos nombres son especialmente seductores ya que están bautizados por nombres de flores: Dàlia, Lotus, Hortènsia, Begònia, Crisantem.

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A PONIENTE DE LA MONTAÑA

El distrito también se extiende en la vertiente poniente de la montaña, junto al mar , por lo que tradicionalmente ha recibido el nombre de Marina de Sants y que hoy constituyen los barrio de la Marina del Port, más cerca de la Gran Via, y la Marina del Prat Vermell, la más cercana al mar. Unos barrios que son vecinos de la Zona Franca, la zona industrial y logística de la ciudad, con la que a menudo se confunden. Destacan en estos barrios el barrio de Plus Ultra con tres pequeñas calles dedicadas a los aviadores que en 1926 realizaron la travesía en avión desde Palos de la Frontera del Atlántico y el grupo de casas baratas Eduard Aunós.

Categoría: Historia | 8 marzo, 2017
Redacción: Edu García
Tags:  Montjuïc,

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