R t V f F I
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Guía de supervivencia navideña para barceloneses asociales

Si usted odia la navidad o siente una atracción morbosa por comprender a quienes lo hacen, siga leyendo

Categoría: Cultura | 22 diciembre, 2016
Redacción: Javier Blánquez

Si usted está leyendo esto ahora mismo, se nos ocurren dos razones por las cuales ha decidido emplear su tiempo en este libelo anti navideño. La primera, por supuesto, que usted ama las fiestas con todo su corazón y siente una curiosa atracción morbosa, no exenta de repugnancia, por comprender los motivos de quienes odian lo que su majestad siempre ha identificado como “estas fechas tan entrañables”. La segunda, mucho más evidente, sería que usted odia la navidad y busca reforzar sus prejuicios y sus reticencias gracias a los argumentos de un líder (cof cof) de opinión ajeno que le indique que va por el buen camino, y que su bilis no está siendo malgastada. Si así fuera en cualquiera de los dos casos, no nos queda más que darle la bienvenida: vamos a intentar convencerle, o darle argumentos de autoridad, para comprender por qué hay que evitar la navidad a toda costa, y en el caso de que hubiera algún resquicio de maniobra, cómo conseguirlo con pleno éxito.

1. Las fiestas son largas, ármese de paciencia. La matraca de ‘las fiestas’, que nosotros más bien llamaríamos los funerales, dura más de lo que cualquier organismo sano sería capaz de aguantar. No se trata únicamente de las fechas ‘señaladas’, sino de un continuo de sucesos que se parecen mucho a una etapa ciclista de montaña: hay subidas y bajadas, cimas y valles, momentos que se hacen realmente duros y tediosos, y otros de distensión, pero de principio a fin es un suplicio sin interrupciones que hay que sobrellevar como mejor se pueda –o sea, como los viejos mártires cristianos–. Y no se piense usted que todo comienza el 24 de diciembre: días antes, por ejemplo, se vuelve impracticable pisar ciertas zonas de Barcelona porque está todo el mundo de compras, con lo que, salvo que uno haya optado por un retiro benedictino en la fortaleza del hogar, es inevitable toparse con los típicos tapones y congestiones en las vías peatonales, algunos de nuestros lugares de asueto invadidos por familias en plena fiebre consumista –o sea, mejor no pisar FNAC– y casi todos los restaurantes llenos porque hay reservas de todo tipo, ya sea para cenas de empresa o por gente que ha decidido que tiene que verse “antes”. El buen asocial, si está experimentado en estas bregas, lo que habrá hecho, por tanto, será proveerse de todo lo necesario para no salir de casa, como si estuviera cerca el apocalipsis zombi o la Tercera Guerra Mundial, que están al caer ambos –libros, películas, suscripción a HBO y Netflix– y, por supuesto, habrá pagado su suscripción anual a Amazon Prime para cuando se acaben los alimentos perecederos y las latas de refresco o cerveza. Todo lo que esté más allá de nuestra puerta, bien cerrada con llave, lo consideraremos en adelante “ahí afuera”, o sea, zona de guerra.

2. El insoportable trámite de la Nochebuena. A menos que se sea un auténtico hijo de puta, o en su defecto un huérfano, el trámite de la Nochebuena no hay quien se lo salte. Si hay familia que atender, es éste el único día en que no se puede ni negociar ni trampear. Por supuesto, hay excusas de todo tipo –modificaciones súbitas del horario laboral, trenes y aviones perdidos si usted vive fuera, o se tiene que desplazar; gripes inventadas–, pero sólo alguien con el corazón muy podrido y la moral por los suelos se atrevería ir tan lejos. Ser asocial significa que prefieres rodearte de objetos antes que de gente, pero no que tengas la ética de un orangután. Dicho esto, hay artimañas para conseguir que el trance sea lo menos doloroso posible. El primero, y más obvio, es apurar el tiempo: si la hora de convocatoria es a las nueve de la noche, pongamos por caso, nosotros intentaremos llegar algunos minutos tarde, los suficientes para justificar una leve avería en el taxi, que no arrancaba, o un retraso del autobús, o que nos habíamos olvidado la botella de vino en casa –que en realidad hemos comprado en un badulaque cuando estábamos de camino, la más barata–. Una vez en la mesa, hay que esforzarse por arañar minutos en los que no tengamos que intervenir ni responder sobre cuestiones personales –¿qué tal el trabajo? ¿este año Champions o nada?–, hacerlo lacónicamente y mantener lo máximo posible la boca llena. A partir de la medianoche es cuando ya tenemos margen de maniobra para poner excusas irrebatibles: nos hemos convertido al cristianismo, como Bob Dylan, y hemos decidido acudir a la misa del gallo; no hay transporte público y cuesta encontrar alternativas, por tanto hay que salir con margen; la comida nos ha sentado mal, o mañana hay que desplazarse fuera de la ciudad y hay que irse inevitablemente a reposar. Al final, el martirio se puede quedar en dos horas y media, el tiempo que duran tres discos de villancicos. Si hemos llegado antes, insistamos en seguir el discurso del Rey y peguemos la oreja a la tele todo lo que se pueda. Y de vez en cuando, conviene escamotear un polvorón y afanarlo discretamente, con rumbo al bolsillo del abrigo.

3. Cómo trampear el día de Navidad. Lo tradicional el día 25 es ir a comer las sobras en cualquier domicilio familiar, o sea, la sopa de turno y los canelones, y esto parece bastante obligatorio en la mayoría de familias, así que muchos de los trucos arriba mencionados pueden volver a aplicarse: inventarse una excusa para estar de celebración en otras coordenadas, ajustar milimétricamente los momentos de la llegada y la partida, etcétera. Al ser un día en el que tradicionalmente se reparten regalos, quizá esos márgenes deban ser más laxos, pero siempre se puede argumentar –en el caso de que sea una excusa que cuele– que la noche antes salimos y nos encontramos mal, o con resaca, o empezando a incubar una enfermedad vírica especialmente agresiva. Lo bueno del día 25 es que hay muchas oportunidades para improvisar una siesta, o matar un par de horas viendo una película navideña por la tele. El mismo ritual, de ser necesario, se puede aplicar al día 26, fecha innecesaria fuera de Barcelona –y que en otros lugares se dedica a incrementar el PIB del país, o a ver el boxeo por la tele, o ir al fútbol, o seguir comprando en las rebajas–, pero que aquí nos alarga artificialmente el tormento como si fuéramos un dictador muriéndonos en la cama.

4. Los regalos. Lo jodido de la tradición de regalar cosas es imaginar qué puede querer un sobrino, una madre, o un cuñado, que ya no tenga. Vivimos en la era del consumo, joder, no somos adivinos, la gente ya posee millones de cosas. El problema no es hacer compras masivas –salvo que se prefiera invertir lo ahorrado en otras cuestiones–, sino en no caer en lo obvio. ¿Una corbata? Sólo nos la imaginamos como instrumento para ahorcarse. ¿Unos calcetines? ¿Un perfume? Se van a cagar en nuestros muertos pisados. Lógicamente, los regalos carísimos se descartan –si alguien quiere algo de Apple, que ahorre y se lo pague–, pero de lo que no nos libramos es de la ansiedad. Contra esto, pocas soluciones hay: si somos asociales, habremos hecho todo lo posible por retirarnos del mundo y reducir al máximo nuestro número de contactos cercanos, pero aún así somos asociales, no anacoretas en el desierto que nos alimentamos de escorpiones, así que algo pringamos. Y alguien dirá que la parte buena es que, como un asiduo al Arena, a la vez que damos, también recibimos. Pero no hay que confiar en la originalidad de la gente, y por aquel bien de consumo que deseamos –por ejemplo, un nuevo juego para la X-Box–, lo que acabamos obteniendo es un pañuelo bordado o una estilográfica. Suerte que todavía hay gente que tiene el buen gusto de regalar un sobre con dinero, preferiblemente en B.

5. El día de los inocentes. Sinceramente, éste un día en el que lo mejor que podemos hacer es desconectarnos del mundo exterior y dejarlo pasar. El día 28 debería estar prohibido salir a la calle, abrir los periódicos o poner la televisión, porque hay tal bombardeo de gilipolleces –y algunas bastante bien urdidas, de modo que nos la cuelan– que al final acabamos perdiendo un tiempo valioso en seguir enlaces de diarios deportivos que nos cuentan que Messi ha fichado por un club chino por 500 millones de euros, o que la vicepresidenta del gobierno se plantea dejar su cargo y probar suerte en el cine porno. El problema, en verdad, no está en las inocentadas en sí, sino en la inflación de las mismas: si hubiera pocas, bien repartidas y con buen presupuesto –como cuando por televisión daban ‘Inocente, inocente’, presentado por Juan Imedio–, nos parecería un ritual apetecible, pero desde que existe Twitter y otras redes sociales para gente aburrida, hay tal aluvión de morralla humorística que lo mejor es apagarlo todo –excepto Movistar +, que siempre dan películas–, no encender el móvil y esperar a que suene la alarma a las doce de la noche, para poder reemprender nuestras cosas. También es muy aconsejable estar fuera del país, preferiblemente en Japón, pero eso entendemos que no es una solución viable para el común de los mortales, aunque tengamos una nómina en Mercadona.

6. Desaparecer el día 31. La Nochevieja se nos hace más fácil de esquivar porque, a menos que estemos rodeados de una familia –de sangre o política, aquí el matiz no importa– numerosa, al estilo de las del Opus, la última jornada del año no es costumbre celebrarla rodeada de los seres queridos, sino de esa chusma alborotadora a la que llamamos “los amigos”. Es más un engañabobos en el que la alfalfa sistémica, que diría Juan Manuel de Prada, nos anima a salir a cenar a restaurantes concurridos y con un servicio agobiado por el trabajo extra en el que te ponen centollo, foie de pato, postres que son malos remedos de las recetas de Joan Roca y un cotillón repugnante, con uvas picadas, para hacer el paripé de las campanadas. O sea, una experiencia excrementicia que cuesta un ojo de la cara y que culmina con un greatest hits de David Bisbal a eso de las tres de la madrugada, que es la hora a la que empiezan a producirse las primeras vomitonas, más o menos alrededor del cuarto cubata. Las fiestas de año nuevo son la peor idea que se le puede ocurrir a alguien en este día: para empezar son carísimas, la gente que sale es la que durante el resto del año has intentado evitar yendo a determinados locales de ocio –o directamente no yendo–, la música es un horror y, normalmente, tienes que volver en metro porque no hay taxi, y en el vagón hay más gente borracha apurando el culo de la botella de vodka, rujando por las esquinas. Así que el plan alternativo, el más recomendable, es el siguiente: apagar el móvil, no encenderlo ni siquiera para espiar las felicitaciones del prójimo, ver el programa de José Mota y, cuando acabe, irse a dormir. Porque al día siguiente nos conviene madrugar.

7. Planes útiles para Año Nuevo. El uno de enero, en esa franja del amanecer que va de las siete de la mañana a las diez, es un momento de felicidad único en Barcelona. Es ese breve lapso de tiempo en el que por la calle apenas deambula nadie, unos porque están volviendo, otros porque acaban de volver, muchos porque no están, y la mayoría porque lleva bastante rato durmiendo a pierna suelta y, sabiendo que es festivo –y para más inri domingo–, van a apurar el ronquido hasta la hora del telediario. Y entonces es cuando uno se da cuenta de que, por primera y última vez en 2017, las Ramblas estarán casi desiertas y se puede pasear por ellas como si fuera un día de hace mucho tiempo, cuando no había turistas y las calles estaban para pasear, y no para esquivar ingleses simiescos sin camiseta. Una vez terminado nuestro recorrido descendente hasta el puerto, es ideal dedicar la mañana a rondar las calles prácticamente vacías, respirando el aire limpio de enero, y volverse a la cueva cuando haya quien salga para hacer el vermut, o visitar a los deudos, o directamente para molestar. Y una vez ahí, te pones películas de la Marvel o los nuevos capítulos de The Young Pope. Como estar en el cielo.

8. Último escollo: la cabalgata de Reyes. El día de Reyes va todo cuesta abajo: salvo algún niño en monopatín –que se evita simplemente no saliendo de casa en toda la jornada, haciendo acopio de energías para el comienzo de las rebajas–, los sobresaltos son escasos. Un poco más difícil es la jornada previa, en la que muchas calles aparecerán cortadas desde primera hora de la tarde, y luego pasará una recua de carrozas con Reyes magos de izquierdas –o sea, en pijama, o feministas, en el que el rey negro es negro de verdad, o es de otra etnia, para no discriminar, al estilo Colau/Carmena– mientras truenan grandes éxitos de Avicii, DJ Snake con Justin Bieber, Eric Pridz y Chenoa. Antiguamente, si pisábamos aquellas aglomeraciones era para hacernos con un montón de caramelos utilizando la técnica del paraguas invertido, pero ahora ni siquiera hay que molestarse en eso: basta con localizar un punto del mapa por el que no pasen cabalgatas, retirarse cómodamente a un café con sofás mullidos y conexión wi-fi, y esperar a que amaine el temporal. Luego podremos proseguir con nuestro plan asocial, que pasa por dejar correr las horas y esperar resignadamente a que lleguen, por este orden, el regreso al trabajo, el Blue Monday y, en un futuro muy lejano, la Semana Santa.

Así que, si usted que se considera asocial sigue estas instrucciones al pie de la letra, podrá decir aquello de que ha pasado unas muy felices fiestas. En caso contrario, para el día 9 habría que ir pidiendo cita con el psiquiatra o con el forense, por si las moscas.

Categoría: Cultura | 22 diciembre, 2016
Redacción: Javier Blánquez
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