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De paseo con don Miguel Noguera por su barrio

El artista Miguel Noguera vive en la frontera entre lo cotidiano y lo imposible. Quedamos con él para que nos muestre las calles donde hace vida civil.

Categoría: Cultura | 22 octubre, 2014
Redacción: Juan Soto Ivars

Miguel Noguera vive en el punto crítico del barrio de las Corts, donde la Diagonal lanza sus bloques de Tetris sobre las calles vecinales y prolifera el espíritu dinámico de las empresas, alrededor del Corte Inglés, el Espacio Harley Davidson (donde Noguera vio departir con ángeles del infierno a un concejal del PP de Catalunya vestido de motero) y un laberinto de guerra láser para ejecutivos. Es un buen sitio para Noguera, porque él vive de contar al público sus ideas y éstas también se mueven en la frontera: entre lo cotidiano y lo imposible, entre la realidad y el horror. Quedamos en el cruce de Travessera de las Corts con el Jardín de Can Bruixa. Su andar es ligero, como si se desplazase flotando y moviera los pies para aceptar una convención social. Desde el saludo, explota la verborrea nogueriana. Me va a enseñar su barrio, porque siempre le preguntan por el humor y sus fuentes, pero merece la pena ver a un artista en las calles donde hace vida civil.

-Lo que más me gusta de mi barrio es el juego de luces de este taller, esa máquina rara. Pero mírala. Ahí hay una inteligencia. Hay un patrón en las luces, amarillo, rojo, verde. Está diciendo algo. O es como un juego de Twister para mecánicos.

Nos quedamos mirando las luces de un taller mecánico. En ningún momento sabré cuándo habla completamente en serio Noguera y cuando está dejándose llevar por el motor de su cerebro. Jugar a que me tomo muy en serio lo que diga podría desatar un caos entretenido, pero no estoy seguro de si podré mantener el ritmo. Le propongo que preguntemos al mecánico si en las luces hay una inteligencia o es un juego de Twister, pero Miguel se niega:

-No, no preguntes. Puedo vivir así, puedo pasar el resto de mi vida sin averiguar esta incógnita.

Entonces pongo a Noguera en situación: estás es un restaurante y el camarero no te trae lo que has pedido, sino otra cosa. ¿Eres de los que le llama la atención, de los que aprovecha para montar un número o de los que se comen lo que le han traído por timidez? Lo piensa un instante, lo justo para vigilar que no nos atropelle un coche en el paso de peatones:

-No lo devolvería. Es como… un miedo al conflicto, a que el camarero me haya entendido así, ¿no?, que haya entendido que he pedido eso. No me gustaría llegar a ese conflicto, puede acabar mal. Creo que me lo comería. Pero qué habrá traído. Trae un plato cubierto de crema, una cosa muy asquerosa, una masa rancia de color blanco. A saber qué hay debajo. Ahí sí que le digo algo. Pero con educación, con buenas maneras. Como cuando te traen un cortao y has pedido un café con leche. Te lo tomas, ¿no? Pides azúcar en todo caso, con un hilo de voz.

Aquí Noguera imita una especie de retrasado mental. Contengo la risa, que esto no es el teatro. Es la primera vez que lo veo en el mundo real y parece que tiene intención de convertirlo todo en un universo nogueriano, “en una cosa muy loca” como dice él, así que lanzo una petición terrenal: que me lleve a comprar patatas.

-Oh, joder, eso me gusta, este tipo de entrevista. “Llévame a comprar patatas”. Eso puedo hacerlo. Conozco una tienda donde sólo venden patatas. Sólo patatas. Es broma.

Esto me lo había creído. Me lleva a una verdulería Ametller. Allí dentro, le fascina el vapor de agua que una máquina tira sobre las coles y las acelgas, creando una especie de bruma sugerente sobre las verduras. Pago las patatas, me llevo el cambio y dejo el ticket en el mostrador.

-¿Ves? -dice Noguera-, yo eso nunca lo haría, eso que has hecho tú, dejar un ticket que te han dado. Me gusta esa actitud que has tenido, como de “el ticket no lo quiero y no lo voy a coger”. La dependienta tendrá que recogerlo ella, ¿no? O hay una persona contratada sólo para retirar los tickets que deja la gente. Lo hace con mucha profesionalidad. Los recoge y los hace desaparecer, muy discreto, muy preciso, muy serio. Es su trabajo.

Seguimos por Travessera de las Corts, una avenida tranquila y apacible, nada que ver con el centro de Barcelona, parece otra ciudad. Noguera se para ante una zapatería, calzados Álvaro. En el escaparate, zapatos de caballero y de señora, todo con cierto halo de los años ochenta propio de las zapaterías de barrio. Noguera señala unos cuadros decorativos en la pared del escaparate:

-La idea es que en esta zapatería hay exposiciones de arte. Ponen cuadros para que la gente descanse la vista, ¿no? Para que la gente pueda relajar la atención fatigada de mirar zapatos y se airee con un poco de arte. Es una propuesta sencilla, muy humana.

Llegamos a la plaza de la Concòrdia, donde hay dos farmacias, un centro cívico, alguna terraza y una iglesia, cuyas puertas tienen unos cuadrados de “una madera especial que se convierte en cristal”. Noguera sostiene que eso es una propiedad de la madera, convertirse en cristal, pero rápidamente señala la Farmacia Antigua, en el número 3 de la plaza. Es un establecimiento con mobiliario y frascos antiguos. Dice que en la puerta, de vez en cuando, aparece un farmacéutico viejo con una barba larga, vestido con mandilón.

-Esta farmacia me inspiró para otra idea: todas las tiendas tienen al fondo un empleado de antaño, un tipo que puede ser un ancestro. A veces sale a la puerta y mira cómo ha cambiado el mundo.

Seguimos el paseo antes de que salga el espectro. El número 18 de la calle Remei, una casa baja con dos ventanas selladas también le inspiró una idea. Dice que el interior de la casita es un universo lovecraftiano, y sostiene que hay más, que esto pasa en todas partes. Pegada, hay una mansión decrépita, y más allá está la residencia de sacerdotes jubilados.

-Aquí hay mucha animación, mucho encanto en esta calle. Cada cierto tiempo, coche fúnebre -dice.

A medida que nos acercamos a la Diagonal, empieza a notarse su influjo. Los jubilados desaparecen en pos de los ejecutivos y demás trabajadores. Más allá se extiende ese mundo gris y anodino al que Noguera siempre le busca una cuarta dimensión: el universo de la monotonía, que el artista sabotea con sus ideas enloquecidas.

-A mí me gusta lo gris. Me hubiera gustado que todo siguiera siendo gris, como antes de la crisis. Vivo bien en un ambiente anodino, es como… es como…

Algo que me encanta de Noguera es cómo titubea, cómo se atropella, cómo se lía en el discurso. En el teatro, lo hemos visto desembocar en una idea brillante a través de ese laberinto de palabras. Su mente corre demasiado aprisa, lo zarandea. Por eso tiene algunos trucos, muletillas inteligentes: a veces se ha perdido, o se ha quedado en blanco, y usa la tercera persona para narrar lo que le ha pasado:

-Repite lo que ha dicho, ¿no? Se pasa toda la tarde repitiendo eso, muy fuerte, pac, pac. Toda la entrevista es una repetición de esa mierda. ¡Sería muy jodido!

Categoría: Cultura | 22 octubre, 2014
Redacción: Juan Soto Ivars
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