R t V f F I
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Boadas siempre estará ahí

La muerte de Maria Dolors Boadas deja tocada a la coctelería catalana. La vieja Barcelona pierde a uno de sus personajes más carismáticos. Se va ‘la mestressa’ pero la coctelería Boadas seguirá ahí, en el Raval, esperándonos. ¿Hay mejor consuelo?

Categoría: Cultura | 15 febrero, 2017
Redacción: Óscar Broc

Ha sido un fin de semana triste para los animales nocturnos que acostumbran a refugiarse en coctelerías, en busca de su antirrábica favorita. La noche del viernes moría a los 81 años Maria Dolors Boadas, propietaria de la coctelería Boadas. La canallesca la rebautizó con muchos sobrenombres. En mi caso era ‘la mestressa’, como si la conociera de toda la vida…

Aunque debo admitir que no la conocí en absoluto.

Soy acólito de Boadas desde hace tiempo, pero mis encuentros con la dama no fueron más de dos o tres. Ni siquiera se redujeron a la dialéctica habitual entre cliente y bartender. Hablo de  hace algunos años, antes de que problemas de salud la apartaran definitivamente de la coctelería. Supongo que estaba controlando que todo estuviera en orden en el camarote.

A pesar de no conocerla, siempre era “la mestressa”, y a pesar de tomarme tamaña licencia, recuerdo observarla desde la distancia con el respeto reverencial del bebedor advenedizo. Así de poderoso era el magnetismo que irradiaba su menuda silueta. Sin Maria Dolors sería imposible explicar la mística del que para muchos es el mejor bar de la ciudad. Podías percibir su aura incluso cuando dejó de visitar el negocio.

Evitaré el drama gratuito. Nada de proponer un último brindis por ella a la luz de la luna. Pero es de justicia despedir a Maria Dolors Boadas con honores, los mismos que merecería una gran personalidad de la Ciudad Condal. Su contribución en la forja de la vieja Barcelona ha sido de un valor incalculable.

Porque la coctelería Boadas es un reflejo lejano (y valiosísimo) de esta ciudad; una Barcelona para nostálgicos de la que solo quedan vestigios fuera del local. El milagro de Boadas es que en sus adentros ha sabido parar la manecillas del reloj, se ha congelado en la foto sepia de una urbe que ya no existe. Fue uno de los primeros establecimientos de Barcelona que le plantó cara al turismo basura y se opuso a recibir a vindeseables sin camiseta en sus dependencias. Eso merece un respeto.

Boadas es una experiencia adictiva. Las paredes rebozadas de cuadros y fotos antiguas; los taburetes prehistóricos de madera y hierro; el incómodo lavabo; los destellos cobrizos y ambarinos, como si te bañaras en un whisky untuoso; el còctel de cava que tanto gustaba a Manuel Vázquez Montalbán; la madera ajada; los ecos de Antonio Machín; las coreografías de los bartenders, con trajes impecables, perillas perfectamente recortadas, educación exquisita… Boadas no es un bar, es un estado de ánimo. Y cómo cambia el mundo cuando cruzas sus puertas de vidrio anaranjado, membranas deformantes que impiden ver lo que ocurre en la calle y mitigan el zumbido exterior. El candor es reconfortante, como si te hubieran estado esperando toda la vida.

Fundada en 1933 por Miguel Boadas y heredada por Maria Dolors a finales de los 60 cuando su padre murió, la coctelería Boadas ha educado el paladar de varias generaciones de barceloneses. No son pocos los que ahí se han iniciado en el arte del trago de calidad y no han vuelto a probar un cubata en su vida. Periodistas, músicos y escritores han buscado también inspiración en sus copas. Y en su barra se han curtido algunos de los mejores bartenders de la coctelería barcelonesa.

En mi caso, Boadas siempre ha sido terapia. Y de la buena. El aislamiento que proporciona en uno de los centros nerviosos más agitados de la ciudad (Tallers con Rambla ni más ni menos) es balsámico. El cobijo es casi uterino. Su Dry Martini, sencillamente perfecto, insuperable; lo aniquila todo.

Porque Boadas nunca falla. Y no es una frase hecha. Cuando he tenido que aguantar las gilipolleces de mis superiores, cuando he superado un día de estrés, cuando un editor me ha destrozado un artículo, cuando más ganas he tenido de ver a la humanidad ardiendo, Boadas siempre ha estado ahí, para sanarme antes de llegar a casa. El refugio definitivo.

Desde hace un año, tengo la suerte de vivir a cinco minutos del templo y puedo permitirme el lujo de visitarlo más a menudo. La última vez que estuve, no hará más de 15 días, el bartender me regaló un pequeño calendario de cartón con un retrato icónico de ‘la mestressa’. Por alguna razón lo conservé, quizás porque me recordó a otra era, quizás porque me parecía un delicioso anacronismo en estos tiempos que corren. Ahora, cada vez que miro el calendario, lo hago sin amargura: es el recordatorio de que Maria Dolors no está, pero Boadas siempre estará ahí, dispuesto a entumecerme en noches agónicas. Y eso siempre reconforta.

boadasIII1 Boadas siempre estará ahí

Categoría: Cultura | 15 febrero, 2017
Redacción: Óscar Broc
Tags:  coctelería, maria dolors boadas,

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