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Dudas y ansiedad

Elegir no siempre es fácil, la idea de equivocarnos muchas veces nos paraliza. El miedo puede tomar muchas formas

Categoría: Cultura | 13 diciembre, 2016
Redacción: Eulàlia París

Hemos estado viendo que el miedo está mal considerado socialmente. Aunque uno pueda tener motivos reales para sentirlo; y es que a veces motivos hay. Alguien me ha dicho “Ya, pero no mola sentir miedo. Prefiero la alegría”. Sí, yo también la prefiero. Y sí, a mí también me es desagradable sentir miedo. Sin embargo, las preferencias de cada uno se van al traste a menudo: no somos robots y, ante según qué situaciones, reaccionamos emocionalmente. Aquí entra otra de las peculiaridades de nuestra sociedad contemporánea: el pretender, porque es una pretensión, controlar absolutamente todo lo que (nos) ocurre.

La realidad es que tenemos que lidiar con las cosas del directo, o sea, con lo inesperado, y con las reacciones no siempre previstas ni bienvenidas que tenemos (o que otros tienen) ante ese directo. También vimos que se ensalza la valentía aunque luego buscamos certezas y seguridades. Además, confundimos miedo y temeridad, desoyendo a menudo las alertas que nos envía el miedo. Así, evitando caer en las brasas, a menudo y de repente nos encontramos oliendo a chamuscado.

El miedo puede tomar muchas formas. Algunas son ténues, como la duda o la vacilación. A veces tenemos que tomar decisiones o escoger. Elegir no siempre es algo fácil: implica renunciar a algo. Además, si tomo esta decisión, ¿qué va a ocurrir? Nos traslada al futuro. Escoger nos puede pues crear grados de incomodidad o inquietud dependiendo del tema y sus posibles consecuencias. A uno le puede costar tomar la decisión de emprender un negocio que le interesa y dejar un trabajo aparentemente fijo y seguro porque conecta con el miedo a lo que pueda ocurrir. También le puede costar elegir entre un helado de pistacho o de mango. Sin embargo, elegir el sabor del helado no tiene las mismas consecuencias que decidir dejar un trabajo para emprender un proyecto propio.

Existe un discurso y ciertos mandatos sociales, que nos impulsan a preocuparnos por nuestros futuros casi de manera obsesiva: si hago esto, puede ocurrir esto otro o aquello. Si no lo hago, podrían ocurrir otras tantas cosas. Es el discurso del miedo. Nos paraliza ante la idea de poder equivocarnos, o de no obtener lo que planeamos o incluso perder lo que ya tenemos. Futurizamos lo que puede ocurrir, como aprendices a pitonisa. Ese estar siempre pendientes de lo que puede llegar a ocurrir, ese pre-ocuparnos constantemente con antelación y ese miedo a equivocarnos, nos lleva a que entremos en bucles de ansiedad que pueden acabar en angustia y ataques de pánico. De hecho, la ansiedad es uno de los síntomas con los que se presentan muchísimas personas en terapia. Es una preocupación excesiva por lo que puede ocurrir o está ocurriendo.

De nuevo la pretensión de controlar los hechos. A todo esto, se le suma una exigencia excesiva. Hace bastantes meses escribía sobre ese juez interno que llevamos todos dentro: va comentando, sin perdón y sin piedad, todo lo que hacemos y, hagamos lo que hagamos, siempre tiene peros y contras. Nos sometemos normalmente a sus dictámenes sin cuestionarlo. Le intentamos obedecer, complacer… y nunca es suficiente. Nos lleva a vivir en la insatisfacción, a ver la botella medio vacía. Pero la ansiedad también se puede dar porque postergo temas. Hace unos meses también hablé de otro aspecto, el boicoteador, que cuando nos habla nos convence de que no hay nada qué hacer, que las cosas son así… y tiramos la toalla.

Todos estos discursos, tanto externos como internos, nos paralizan, nos dejan en un lugar de desesperación e incapacidad: como si no tuviéramos recursos para afrontar los reveses y los imprevistos.

Sa i estalvi

Agradecimientos:

A NomNam por el naming de la sección

Imagen Pixabay

Categoría: Cultura | 13 diciembre, 2016
Redacción: Eulàlia París
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