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La hipocresía de la nueva élite

Las élites del antiguo régimen son las que se oponen a la independencia. El nuevo régimen ya tiene su élite igual de emprendedora, defraudadora e hipócrita.

Categoría: Cultura | 11 junio, 2014
Redacción: Cristian Segura

El Windsor es uno de aquellos restaurantes de la zona de oro de Barcelona en los que yo era un asiduo cuando me dedicaba al periodismo económico. Cada mes alguna empresa organizaba un almuerzo en los privados del Windsor para informar a los periodistas de sus excelentes resultados anuales, o para congraciarse contigo. Hacía años que no volvía al Windsor. Fue en mayo, convocado por Eliseu Climent, el editor de ‘El Temps’. Climent ha sido durante los casi cuarenta años de democracia un estandarte del catalanismo oficial en Valencia. Climent reunió en el Windsor a los ex presidentes Pujol, Cañellas (Baleares) y Lerma (Valencia). Climent es un tipo muy dicharachero, acostumbrado a mover el cotarro. Entre los comensales había otros representantes de las tres regiones. Al salir, un ejecutivo de prensa de las Baleares charlaba conmigo. Aseguraba estar preocupado por lo que él considera un excesivo intervencionismo catalán en la sociedad balear. “Desconozco el asunto”, digo. Me confiesa que él no es independentista. Le pregunto:

-¿De la independencia de las Baleares?

-No, hombre, de la de Cataluña.

-Ah, pues yo tampoco.

-¿Y no te da miedo decirlo en público?

Repliqué al ejecutivo que evidentemente que no tengo miedo y que por favor no se creyera la chorrada de la crispación.

Luego entendí que se refería a otra clase de ‘miedo’. El miedo del ‘business friendly’.

+.+.+

 

Por tierra, mar y aire oigo estos días que “las élites se oponen a la independencia”. Habría que precisar: las élites del antiguo régimen son las que se oponen a la independencia. Porque el nuevo régimen, el que ya ha decidido que Cataluña será sí o sí un estado independiente, ya tiene su élite: igual de emprendedora, creadora de riqueza, defraudadora y sobre todo, hipócrita. Es una nueva élite que va al alza, en casi todos los sectores: energía, distribución, medios de comunicación, tecnología, agroalimentario, turismo… En banca todavía no andan finos. Quizá el hundimiento del sistema de cajas les ha dejado débiles en este flanco. Esta élite se extiende como una mancha de aceite. Es inevitable, sucede en cualquier sociedad. Pero en Cataluña cohabitan hoy dos élites. Y las dos son susceptibles de putearse contigo.

Yo no soy independentista, pero tampoco soy anti independentista. Básicamente me da igual formar parte de España o de una Cataluña independiente. Dudo que mi existencia cambie sustancialmente. Construir un nuevo estado sería un jaleo muy interesante, periodísticamente hablando. El sentido común indica que cuanto más cercano está el poder ejecutivo y legislativo de la sociedad que representa, mejor gestionada resulta esa sociedad. Esto es a favor de la independencia. Mis dudas respecto a la Cataluña independiente son básicamente tres:

1, es un movimiento eminentemente nacionalista y emocional. Supongo que los líderes del movimiento ya lo saben: hay un 20% de la población que no lo tiene claro. A este 20% no le convencerás enarbolando miles de banderas o con la propaganda del ‘España nos roba’, ‘Genocidio cultural’ y ‘Queremos ser libres’, sino con argumentos sobre cómo mejoraría el bienestar.

2, por desgracia, por mi trabajo y condición social he visto y he oído tejemanejes de las élites del nuevo régimen que me distancian del asunto.

Y 3, porque creo en el principio de subsidiaridad, mi único ideal de organización territorial y política es la ciudad-estado. Europa como una liga de 300 ciudades-estado. Cada una representada en el Parlamento Europeo según la población de su área metropolitana. Para el mundo catalán tendría más lógica esta liga de áreas metropolitanas que un nuevo estado nación: cuatro ciudades-estado en Cataluña, tres en las Baleares y tres en la comunidad valenciana. Y que hagan lobby mediterráneo-catalán en Bruselas.

La proximidad como esencia de la gestión pública choca con el estado-nación, sea España, Cataluña, Francia o Alemania. Se me ocurren pocos países que puedan ser tan centralistas como Cataluña. El barcelonacentrismo, visto desde Lleida o Tarragona, es humillante. Abajo los estados-nación, arriba las ciudades-estado. El colmo de la eficiencia en gestión y en identidad son las regiones metropolitanas.

En el referéndum de marras votaría en blanco. Es decir, que me parece bien lo que decida la mayoría. Esta conclusión, que parece tan naif y conciliadora, en verdad te obliga a un juego de equilibrios tremendo porque los dos lados tiran. Tiran para convencerte, pero sobre todo para que te apartes. Porque no son tiempos para medias tintas. Son tiempos de blanco y negro; o conmigo o contra mí. Pero como el partenaire activo en esta relación sexual es el nacionalista catalán –es, en definitiva, el que quieren cambiar de posición; al otro ya le iba bien mientras hacían el Cristo-, son los más irascibles ante la duda o la oposición.

Un ejemplo lo viví hace poco en la inauguración de la nueva sede del club Churchill, un club catalanista liberal en el que se encuentran personalidades y profesionales destacados de Barcelona para tertuliar y conspirar. Hay personas de todo color, muy catalanes, eso sí. Quizá predomina el perfil ‘nou convergent’: cosmopolita, liberal ‘american style’, triunfador profesionalmente y nacionalista sin complejos. El paradigma de este hombre (y mujer) es David Madí. Es una fiera de los negocios y de la política: se mueve como pez en el agua en multinacionales, en bancos, en festivales de música y en los despachos de CDC.

Uno de estos ‘nou convergents’, ejecutivo de peso en una consultora –hay mucho convergente empleado en consultoras-, se me acercó con un gin tonic del barman del Tirsa –en el Churchill no se están de nada- y me soltó una diatriba tremenda sobre mi posición poco constructiva hacia las élites catalanas. Que si me río del empresariado, que si no entiendo que son el pilar de la nueva cosa que se está construyendo, etcétera. Luego me indicó el nombre de un muy grande empresario de la nueva élite, heredero de la antigua élite, que también lamenta este papel mío de toca huevos. La mejor frase que me dedicó fue esta: “¿Y por qué no criticas a los de Sant Adrià?”. Fue fácil de responder: no critico a los de Sant Adrià porque no soy de allí. Yo critico lo que conozco. Y no critico a los de Sant Adrià porque allí no hay personas que puedan desembolsar 12 millones de euros en Hacienda para evitar un juicio penal.

+.+.+

 

Este es el punto débil de la nueva élite: están inmersos en una cruzada supuestamente regeneradora mientras que por debajo de la mesa juegan con otra baraja de cartas. Es la hipocresía máxima.

El proceso independentista y la consulta me parecen necesarios. Incluso inevitables. El choque de identidades no solucionado entre el mundo castellano y el mundo catalán estalla cada tantos años, y el momento ha sido ahora, con la crisis, cuando no hay pasta y la gente está hasta los huevos de todo, sin saber exactamente de qué están hasta los huevos.

+.+.+

 

El jueves cené con una artista del Primavera Sound. Una mujer de Nueva York. De vuelta a su hotel, al lado de la Pedrera –un hotel inaugurado en abril, un sitio muy peculiar, temático: es un hotel panadería de la cadena Praktik- le informo de acontecimientos recientes: del jaleo en Can Vies –“en Europa hay mucha tradición squad”, es su comentario-, del nuevo rey –“¿se ha muerto el anterior?”- y del proceso soberanista –“¿Cuándo me llevarás al Valle de Arán?”. En definitiva, todo esto le importaba poco o nada. Lo que le interesa a ella es el Primavera y el Sónar. ¿Seguirán haciéndose? Pues claro, pase lo que pase, Barcelona tiene suficiente poderío y está tan abierta al mundo que proyectos como el Primavera, el Sónar, o el festival de cine fantástico de Sitges seguirán dando caché a nuestra ciudad-estado.

 

Fotografía: Galdric Peñarroja / Assamblea.cat

Categoría: Cultura | 11 junio, 2014
Redacción: Cristian Segura
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