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Una historia de prostitución

Durante 150 años la prostitución se ha ejercido en la calle d’en Robador. Su futuro ahora está en peligro.

Categoría: Cultura | 17 marzo, 2015
Redacción: Jordi Corominas i Julián

A principios de siglo XX Barcelona era la tercera ciudad del Planeta en número de meretrices. Sólo Marsella y Shangai superaban sus diez mil féminas que en muchas ocasiones ejercían por necesidades familiares. Era normal que muchas mujeres de clase baja perdieran el trabajo y se apostaran en las esquinas para llevar dinero a casa. Ello intentó controlarse desde 1867, cuando el Gobernador civil Romualdo Méndez de San Julián promulgó un Reglamento para la vigilancia y servicio sanitario de las prostitutas de Barcelona. Nacía así la Sección de Higiene Especial que desarrollaba atención médico social a las prostitutas y creó un cuerpo administrativo destinado a recaudar las múltiples cuotas que se exigieron a las mujeres adscritas, entre las que figuraban la de apertura de la cartilla sanitaria, la de la visita y las multas por retraso en esta o por incumplimiento de la reglamentación. Tanta burocracia fue criticada por muchos médicos y a buen seguro hizo que muchas optaran por no inscribirse.

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Esta situación nos remite a un problema clave de la cuestión: Las enfermedades venéreas. El antiguo Hospital tenía pocas camas para tratar a los veinte mil enfermos de sífilis de la época, una doceava parte de la población. En 1888 fue abierto el dispensario de Nuestra Señora de las Mercedes en la calle de Ramón Berenguer el Viejo, cerca del puerto. Se inauguró durante el Congreso Médico que coincidió con la Exposición Universal y albergaba una enfermería con veinticinco camas en un salón ventilado por grandes balcones. Se clausuró en 1891 por causas administrativas. Mientras permaneció abierto proporcionó manutención y asilo a muchas mujeres que carecían recursos monetarios para curar su enfermedad.

A lo largo de los últimos siglos la única constante clara del tema que nos concierne ha sido la calle d’en Robador, siempre mal pronunciada, siempre Robadors. Hace años tuve la suerte de entrevistar a Carmen de Mairena en su piso de la calle San Ramón, bien cercana al epicentro en el que me centraré tras esta breve anécdota. El piso de la travesti más famosa de la capital catalana era un burdel. Llegué y lo primero que vi, además de una decoración basada en fotos de Lola Flores y Sara Montiel, fue un rollo de papel higiénico. Me recibió mientras un anciano abandonaba una lúgubre habitación para bajar unas ruinosas escaleras. Ahora, tras contemplar el edificio con la puerta tapiada, han saneado ese nuevo apartamento con la intención de purificar el área, donde la nueva filmoteca pretendía ser un buen mecanismo para expulsar a las dominadoras de ese pedacito urbano.

Cuando uso el término dominadoras no lo hago porque sí. En Caligrafía de los sueños Juan Marsé dice que la prostitución está documentada en ese enclave barcelonés desde 1650, cuando el Raval era un arrabal vacío porque la Barcelona proyectada por la muralla de Pere el cerimoniós quedó grande entre la plaga de la peste y una posterior imposible recuperación demográfica. Resulta sencillo imaginar que los lugares repletos ahora de vetustas viviendas del siglo XIX eran yermos campos donde algunas optaron por probar suerte y ganarse el sueldo con su cuerpo. La calle d’en Robador es quizá la que mayor impacto ha causado en mi durante mis múltiples paseos. La culpa fue de un compañero de carrera que me prometió un buen susto y lo consiguió cuando accedimos a esta arteria que ahora, pese a sus más de cien profesionales en activo, se ve despejada, casi limpia pese al ambiente de vicio decrépito, miserias de una necesidad, que respira. En 1999 era como acudir a una etapa de montaña del Tour de Francia como espectador. La marea humana de prostitutas era enorme y sólo se podía acceder al final del recorrido por el escaso pasillo que dejaban para los valientes que se atrevían a transitar por aquel deprimente espectáculo, el delirio de la carne, el infierno de Dante en un rincón ignorado por la mayoría.

No sólo Marsé ha mencionado en la literatura esta calle. De Casavella a Mathias Enard son muchos los escritores que han evocado el sitio del pecado. Hace pocos meses las meretrices pidieron al Ayuntamiento que les cediera un edificio para desarrollar sus labores sin el peligro del aire libre que para ellas es una cárcel y una posible condena de muerte. El primer piso sería una cafetería, el segundo tendría habitaciones para su actividad y los dos últimos se destinarían a formación y al alojamiento de chicas en dificultades. La negativa del consistorio es otra derrota más de la cordura y una rotunda ceguera a desarrollar propuestas interesantes, pues la idea es que el inmueble de Robador 25 funcionaría en régimen de cooperativa.

La Historia demuestra que la marginación de un problema que dura milenios no lleva a ninguna parte. La tolerancia es una palabra asquerosa porque es hipócrita y tampoco ayuda cierta acoso policial denunciado por las meretrices. Pasado el gran miedo del tiempo de las enfermedades venéreas, las estadísticas demuestran que ahora el contagio de VIH ha quedado como un problema casi residual, ha llegado la hora de regularizar este tipo de intercambios. Quizá, a sabiendas que es fácil documentarse para conocer la evolución del conjunto, sería mejor perder el miedo a la contundencia y jugárselo todo a la legalización, pues excluir y perpetuar exclusiones sociales empequeñece la coherencia y acrecienta el ya peligroso alejamiento de la realidad en que viven los que nos gobiernan.

Categoría: Cultura | 17 marzo, 2015
Redacción: Jordi Corominas i Julián
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