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¿Ha muerto La plaza Reial?

¿Por qué cada vez que voy a la plaza Reial me siento más alejado de ella? ¿Por qué soy yo el extranjero?

Categoría: Cultura | 26 noviembre, 2015
Redacción: Óscar Broc

¿Por qué cada vez que voy a la plaza Reial me siento más alejado de ella? ¿Por qué soy yo el extranjero? ¿Qué diablos han hecho para destrozar uno de los lugares más poderosos de Ciutat Vella? Pues muy fácil, matarlo como en la canción: suavemente.

La metástasis pinta avanzada en las profundidades del Gòtic. Las últimas venas y capilares del barrio resisten como pueden, a sabiendas de que les queda poco. Focos aislados sobreviven penosamente en una ciénaga de tiendas de ropa para guiris que redimensionan el concepto hortera, comercios de souvenirs que aparecen y desaparecen cuando el dinerito de la farlopa y el costo se ha blanqueado, restaurantes de la mafia rusa y supermercados de dudosa reputación con precios que solo se ven allende la Diagonal. La lucha está decidida. Los órganos vitales del barrio sufren la devastación de un carcinoma que está deformando para siempre no solo el aspecto, sino el alma del casco antiguo de Barcelona. ¿Estamos a tiempo de salvar la plaza Reial? Demasiado tarde, doctor.

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Puedo considerarme uno de los afortunados que disfrutaron de los estertores de la Edad de Oro de la plaza Reial. Los escasos recuerdos nítidos que puedo extraer de la nebulosa de mis años universitarios me remiten siempre a este enclave y a las callejuelas putrefactas que lo irrigan. Con 40 años, cientos de noches de fiesta y millones de neuronas muertas en la chepa, cada vez que visito la plaza que otrora me acogió, más me alejo de ella. Es una sensación de pérdida exponencial que escuece como un demonio y seguramente habrán sentido muchos dinosaurios nostálgicos que también hicieron suyo este vórtice de freakismo ramblista.

El proceso de esterilización que ha sufrido la plaza Reial ha sido paulatino y calmo, pero concienzudo. Mientras sus alrededores adquirían el aspecto de un parque temático para turismo de enfermedad venérea, la plaza era sometida a un proceso de desparasitación globalizadora que poco a poco le ha borrado la memoria hasta hacerle olvidar su pasado y personalidad. Aunque en sus entrañas, el islote conserva vestigios de la Vieja Barcelona, como las farolas modernistas –en estado de restauración estos días-, las placas conmemorativas, las viejas palmeras reales o algún que otro comercio extremófilo, como la Herboristería del Rey, la plaza ha sido substituida progresivamente por un clon plastificado y sin sustancia, un holograma ajustado a la frecuencia de onda de la Nueva Marina d’Or en que se ha convertido el Gòtic.

El barcelonés que ha mamado las mieles tóxicas de este enclave antes de su transformación sabe perfectamente cuál es la proporción del cambio. Los porches, otrora cobijo de freaks, vividores, espectros desdentados y criptofauna local, han mudado la piel y han dado paso a un conjunto de comercios que no se deben ni a la plaza, ni a su historia y ni siquiera a la ciudad que los acoge, pues están diseñados para disfrute de una categoría especifica de cliente: turistas de clase media. Hay algún superviviente, por supuesto: Sidecar, Jamboree, Glaciar y Karma han aguantado, pero poco pueden hacer contra la desnaturalización del entorno y la imposición sibilina de una cómoda y segura línea conceptual, ajustada exclusivamente a las hordas de visitantes que excretan los megacruceros.

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Donde antes estaba la Taxidermista hay ahora un restaurante de marisco de aires internacionales que, pese a respetar los carteles originales del Museo Pedagógico de Ciencias, no tiene ni un gramo del espíritu de su predecesor. Cerca de allí, detecto un restaurante-club horripilante, con luces de discoteca y toda suerte de reclamos horteras para guiris. También hay una pizzería que podría estar en cualquier centro comercial británico o estadounidense. En una de las esquinas más insalubres que recuerdo, se levanta ahora un espacio polivalente para ingleses pijos que sirve platos internacionales y cócteles detestables. El mitiquísimo Pipa Club ha tenido que poner pies en polvorosa y mudarse a Gràcia por la subida de los alquileres. Todas las terrazas se calientan con las mismas estufas cyberpunk en forma de llama. La sensación de uniformidad es preocupante. A estas alturas, el tejido sano es muy superior a la pústula, y la desalentadora conclusión es que ya nada podrá revertir el blanqueo dental y devolvernos nuestra amarillenta plaza.

Seguramente los comerciantes de la plaza están contentos con al aumento de la seguridad y la limpieza, y la eliminación de yonquis, camellos, indigentes e inadaptados del barrio. Pero a mí me produce pavor leer en algunos medios lo beneficioso que ha sido para la plaza Reial la llegada del espacio multiusos Ocaña, un local moderno que sirve cócteles y comida supercool y llama Aphoteke a lo que toda la vida hemos conocido como coctelería. No tengo nada en contra de este sitio, he ido varias veces, pero que no os intenten hacer creer que gracias propuestas de esta índole la plaza es un lugar más seguro y amable; mejor que antes. Sencillamente es más aburrido.

Me horroriza escuchar también que merced al DO, un hotel boutique de cinco estrellas, la plaza ha conseguido enjugarse la cara y atraer a humanos decentes y pudientes a sus dominios. Como si la agenda de vete a saber quién fuera limpiar el área de chusma autóctona de clase baja, pues los que se dejan la pasta son los matrimonios forrados de los dichosos cruceros.

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El avance de esta necrosis globalizadora no debería cogernos por sorpresa. La Barceloneta y el Gòtic han dejado de existir tal y como y los conocíamos. Al Raval poco le queda. No obstante, la plaza duele como una caries infectada, pues tiene un componente sentimental intensísimo. Me resulta imposible contemplar la prostitución de lujo a gran escala de este bastión sin tener la certeza de que esta plaza Reial ya no es mi plaza Reial. Ha muerto. Es amargo visitar un lugar de poder barcelonés y sentirte un extranjero, excluido, out. Poco queda ya en este territorio que avive mi otrora incondicional devoción. En mi plaza Reial, los guriris se adaptaban al entorno y jugaban según nuestras propias reglas; en la plaza Reial de la Barcelona prostituida, el entorno se adapta a los guiris y somos nosotros quienes tenemos que jugar según sus reglas.

En esta tesitura, la labor de recuperación de la memoria histórica del lugar que por ejemplo está llevando a cabo al Fundació Setba, con sede en la misma plaza, se me antoja más necesaria que nunca. Bajo el título La Magia de la Real, esta entidad privada sin ánimo de lucro nos acerca cada mes de noviembre al pasado de alguno de los establecimientos que circundan la plaza, a través de exposiciones, visitas guiadas, proyecciones audiovisuales y toda suerte de actividades. Solo iniciativas de este tipo nos separan del formateado total que muchos desearían aplicarle a la plaza Reial para terminar de convertirla en un elemento más de la Barcelona homogénea, global y aséptica imaginada por la administración Trias.

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No sé, quizás la plaza está bien como está, y será me hago viejo y no he sabido cambiar con la celeridad de los tiempos que corren. Quizás esta versión para todos los públicos de la plaza es lo que la gente quería. Quizás estoy dolido porque, por algún comportamiento infantil o un sentido de posesión irracional, siempre he creído que esta plaza era mía, tuya, nuestra, de los freaks. A lo que iba: ¿Alguien sabe cómo resucitar a un muerto?

Categoría: Cultura | 26 noviembre, 2015
Redacción: Óscar Broc
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