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El pez que se muerde la cola

La dinámica de dependencia del niño hacia sus padres, hace que los vea como seres todopoderosos.

Categoría: Cultura | 22 septiembre, 2015
Redacción: Eulàlia París

En el mes de julio, introduje la idea de la familia como primera sociedad: el ser humano, como ser social, tiene la necesidad de apoyo y pertenencia. De hecho, al nacer incompletos, requerimos del contacto y cuidado de otros para crecer, estimular nuestras capacidades, desarrollar la autoestima y la confianza, aprender a socializar, etc. Este es el papel que desempeña el sistema familiar, sea cual sea su estructura (monoparental, homoparental, de convivencia, etc.), y que tanto nos influye. Porque lo cierto es que nos influye, para bien y para mal.

Aterrizamos en una familia que nos pre-existe, donde se dan unas dinámicas y no otras. Quiero insistir en el estado de absoluta dependencia y vulnerabilidad en el que nacemos. Somos como un trozo de plastilina en manos de otros. El ambiente al que llegamos nos deja improntas: cómo nos acogen, cómo está a nivel personal la pareja que son nuestros padres, cómo se relacionan entre ellos, todo nos impacta porque de un modo u otro lo captamos. Dado que el raciocinio, la memoria y la conciencia todavía no están desarrollados, somos básicamente cuerpo y éste absorve, como una esponja, todo lo que ocurre.
Parece ser que es de suma importancia para el desarrollo del recién nacido, el contacto físico. Vale la pena recordar que somos una sociedad que tiene reglas implícitas respecto al contacto físico: anteponemos una cierta distancia física y, generalizando, nos tocamos poco, entendiendo el tocar como un contacto desde el respeto y la ternura.

Recuerdo una psicóloga que en un curso nos contaba el caso de un niño de 4 años que llegó al centro de atención en el que trabajaba, prácticamente convertido en un psicópata. ¿Qué vive una persona para que a los 4 años ya sea considerado casi un psicópata?

Esa dinámica de dependencia del niño hacia sus padres, hace que los vea como seres todopoderosos: le cuidan, le curan cuando enferma, le alimentan, le consuelan cuando tiene pesadillas… Son los referentes en todo momento. Como niños lo único que queremos es agradar a nuestros padres, ser queridos por ellos. Es así que a menudo como niños nos hacemos cargo de las vivencias de los padres o éstas nos afectan sobremanera. Lo que la mente del niño (todavía) no puede entender es que los padres no son esos dioses todopoderosos sino personas con problemas, con virtudes y defectos, con buenos y malos días. Es bastante habitual descargar el mal humor o un mal día en nuestros hijos con gritos, castigos, desaires, alguna bofetada… Los niños por su lado son personitas demandantes de atención las 24 horas. Así que a menudo los padres pierden la paciencia y reaccionan, cuanto menos, gritándoles. Eso es algo que el niño todavía no puede comprender, y su vivencia es que lo que hace o quien es, no es válido, no es suficiente o es defectuoso. Lo único que quiere el niño es el amor de los padres, y su mayor terror, que le abandonen.
Es archiconocido en psicoterapia que lo primero que hay que hacer con un niño cuyos padres se separan es transmitirle que él no es el causante de esa separación.

Se dice de los niños que son inocentes. La inocencia inevitablemente va de la mano de la ignorancia: una ignorancia en el sentido de no comprender qué está sucediento. La mente se va desarrollando con el paso de los años. No se puede pretender que un niño de 6 años razone como un adulto. Sin embargo, a menudo eso es lo que esperamos de ellos.
Los niños no comprenden que son demandantes de 24 horas y que eso no hay nadie que lo pueda sostener; no comprenden que papá está nervioso porque podría perder su trabajo; no comprenden el dolor de mamá porque sospecha que su marido tiene una amante.

Cuando reiteradamente perdemos los estribos con ellos o les soltamos frases como “Pórtate bien”, “Calladito estás más mono”, “Hazme quedar bien”, “Eres un pesado. ¡Cállate!”, etc., el niño lo que vive es que lo que hace no está bien, o peor todavía, que él no está bien y que por su causa, hace enfadar a papá o a mamá. Se le mueve el pánico a ser abandonado, a que se le retire el anhelado amor de los padres.
Esa es a grandes rasgos la vivencia del infante.

Por otro lado, los padres lo son sin que nadie les haya enseñado a tratar con niños. En ese sentido, también somos ignorantes. El único referente que hemos tenido son nuestros propios padres… que también hicieron lo que pudieron, que también tenían buenos y malos días. Y así el pez que se muerde la cola.
Con todo esto, no quiero decir que no haya que poner límites a los hijos. Va más en la línea que vivimos en una sociedad que nos enseña a ser útiles, a hacer. Pero nadie nos enseña a lidiar con nuestro mundo emocional que es complejo. Así que en general los padres somos analfabetos emocionales y no podemos enseñar a nuestros hijos a lidiar con la tristeza, el miedo, la rabia, la angustia, la frustración, etc., porque tampoco nosotros sabemos cómo hacerlo.

TO BE CONTINUED.

Agradecimientos: a Xavier Grau por el Naming de la sección y a la diseñadora Laura Estragués por ilustrar el artículo.
Sa i estalvi

Categoría: Cultura | 22 septiembre, 2015
Redacción: Eulàlia París
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