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El día que Barcelona olió a mierda: Contracrónica desde las trincheras del pestazo

Nos encanta hablar de caca. Pertenecemos a una cultura que venera el excremento hasta el paroxismo.

Categoría: Cultura | 19 noviembre, 2015
Redacción: Óscar Broc

Historia verdadera. Un amigo mío amante de las bromas pesadas decidió elaborar su jugada maestra con una pobre familia de la que se consideraba amigo. Un buen día, le regaló al hijo un aburrido juego de mesa artesanal, una elaborada caja de madera con un compartimento secreto en el que había escondido una sardina sin que nadie lo supiera. El juego de mesa se quedó en el armario, desprendiendo un tufo a podrido que se acentuaba a medida que pasaba el tiempo, atormentando a la familia. Nunca se hubieran imaginado que había un pescado en descomposición dentro de un juego de mesa olvidado en un altillo. Estuvieron meses preguntándose angustiados de dónde salía el tufo. Meses de incertidumbre. Mese de teorías. De mucha basca y enigmas sin prepuesta. Pues imaginad la misma sensación de angustia maloliente en un periodo de 5 horas y a una escala inimaginable: todo un núcleo urbano. Durante unas horas, ayer Barcelona olió a mierda como nunca había olido.

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Miércoles, 18 de noviembre. 17:55 horas. Gente olisqueando, preocupada. Ejecutivos parados en la calle examinándose los zapatos en busca de heces caninas. Miradas de recelo a los contenedores. Un penetrante olor a ojete corrupto se cuela por las rendijas de las ventanas e inunda la oficina en la que estoy trabajando. Barcelona huele a cagarruta, es un gigantesco excremento todavía caliente de un millón y medio de habitantes. Solo los bendecidos con una sinusitis y los que tienen el hábito ducharse en cada equinoccio se muestran ajenos al pestazo. Se masca una extraña mezcolanza de perplejidad, cachondeo y desasosiego.

Por una parte, hay algunos, como el que os escribe, que nunca han inhalado un vapor fecal tan intenso en las mismas entrañas de la ciudad. Alguna vez lo había sufrido en las afueras, en algunas zonas industriales, pero no recuerdo nada parecido en las entrañas de la ciutat en los 40 años que llevo viviendo en ella. Por otra parte, están los amantes del humor escatológico: nunca se habían puesto en acción tantos juegos de palabras con la palabra caca o mierda; tantos gags con las heces como eje cómico; tanta chanza pedorrera. Finalmente, entran en acción los catalanes conspiranoicos, los que hablan de un escape de gas sarín que nos matará a todos antes de la cena.  El tema es que las autoridades nos dicen que en los pasteles del Ikea hay bacterias fecales y nos los seguimos comiendo, pero nos llega un olor a caca de procedencia desconocida y ya estamos llamando como locos a Emergencias.

A mí me ha llegado el hedor, pero mi reacción no ha superado la simple perplejidad. Será que me hago mayor y ya no me hacen gracia los chistes de pedos y zurullos. Será que, después de cuatro años viviendo en el Barri Gòtic, mis fosas nasales han desarrollado una costra bacteriana cultivada a base de olor a caca, orín y porros que tamiza cualquier intromisión odorífera del exterior, por muy tóxica que sea.

Lo cierto es que Barcelona ha recibido la memez de la hez con una alegría descompresora: ha sido una semana muy dura en la que lo hemos sufrido pontificando sobre terrorismo internacional y llorando la muerte de un jugador de rugby al que no conocemos. Tocaba algo jocoso, ligero, de jijij-jajaja, y el vertido de eau de estiércol  ha caído como agua (fecal) de mayo sobre nuestras coronillas. El hashtag #PesteBCN lo peta seriamente. Un barrido por twitter y Facebook me permite comprobar que los problemas del mundo han dejado de existir: solo importa la caca.

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El dislate alcanza altísimas cotas de surrealismo cuando veo periódicos de tirada nacional invitando a los internautas a qué cuenten cómo huele su barrio y se explayen en los matices fecales que la nube fétida presenta en las diferentes zonas de la ciudad. No obstante, lo más divertido de la crisis es que se constata más que nunca que a los catalanes nos pirra la mierda. Nos encanta hablar de caca. Pertenecemos a una cultura que venera el excremento hasta el paroxismo, joder, somos capaces de meter a un loco disfrazado de pastorcillo defecando en los pesebres, ¡vaciándose a escasos centímetros del Niño Jesús! ¿Cómo no nos vamos a volcar con esta plaga de proporciones no menos bíblicas?

Ha sido una risa, no lo voy a negar. En esta crisis de aerofagia urban no faltan los que lanzan teorías chaladas, da igual que el Ayuntamiento haya dado las pertinentes explicaciones sobre el origen del apocalipsis. ¿No será que de tanto comer macrobiótico y orgánico por culpa de la dictadura foodie, nuestros excrementos han cobrado vida, se han organizado y reclaman lo que es suyo? Quizás, todos los Faletes del multiverso se han tirado un cuesco al unísono que ha resonado odoríferamente en las infinitas realidades de la creación. A lo mejor, se trata sencillamente del cadáver en descomposición de Cobi.

La verdad es que me importan una mierda, nunca mejor dicho, las causas del tufo. Donde otros ven un motivo de ira y repugne, los barceloneses divisamos una señal. Como si fuéramos antiguos druidas leyendo advertencias en el paso de un cometa, hemos recibido la Gran Ventosidad como un mensaje de los dioses. Me resisto a creer que este milagro sea producto de un cúmulo de estiércol en una finca perdida del Parque Agrario del Prat. Aquí hay algo más. De hecho, cada vez tengo más claro que tan infernal pestilencia surge de los incontables cadáveres que políticos, consellers y prohombres de la élite catalana han ido acumulando en sus armarios. Quizás es la señal que necesitábamos para empezar a hacer limpieza.

Categoría: Cultura | 19 noviembre, 2015
Redacción: Óscar Broc
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