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El arte de estar en el ajo

La primera antología traducida al español de George Plimpton ya reluce en nuestras librerías

Categoría: Cultura | 11 diciembre, 2015
Redacción: Óscar Broc

La editorial barcelonesa Contra ha hecho un regalo de gran envergadura a los amantes del periodismo atemporal. La primera antología traducida al español de George Plimpton ya reluce en nuestras librerías, y llega para empequeñecer todavía más esa cosa amorfa, gritona y boba que denominamos periodismo en España. Esto va muy en serio, señores.  

Estuvo allí, vaya si estuvo. Metido en el ajo. Hasta las últimas consecuencias. El día de su muerte, George Plimpton (1927-2003) se llevó a tierra de malvas los mejores minutos del periodismo participativo, como él lo bautizó, una escuela de investigación kamikaze en la que el cronista no se limitaba a observar la noticia: se bañaba en ella; la generaba, modificaba; era parte integrante y decisiva de la red. Su hambre de conocimientos era tan voraz que no tenía suficiente con verlo, quería estar ahí. Esa pulsión suicida empapa la celulosa de “El hombre que estuvo allí” (Contra), una compilación de algunos de los mejores artículos de periodismo participativo que el neoyorquino publicó en “Sports Illustrated” o “Harper’s Bazaar” entre otras cabeceras de prestigio.

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Conocido en la escena literaria como un pura sangre, editor incansable de la reputada revista “The Paris Review”, elogiado por ilustres escribas como Norman Mailer, Plimpton consiguió revestir sus relatos de la honestidad lacerante del que está allí. Y cuando digo allí, quiero decir ALLÍ. En su faceta de periodista deportivo, ejerció de pitcher en un enfrentamiento contra beisbolistas profesionales. Jugó de portero en los Boston Bruins de hockey sobre hielo. Ejerció de quarterback en los Detroit Lions en un partido de pretemporada. Se batió en duelo contra el  temible boxeador Archie Moore, dejándose el tabique nasal por el camino.

Sus partidos más legendarios están en este libro, pero ahí no dejó su adicción al castigo físico entre profesionales. Los calvarios fueron muchos. Plimpton llegó a jugar una partida de ajedrez contra Gary Kasparov, también se dio de leches con el púgil Sugar Ray Robinson e incluso perdió su fe en sus dotes tenísticas tras ser destrozado por el jugador profesional Pancho Gonzales.

En una época en que el deporte hiperprofesionalizado se ha convertido en una burbuja impenetrable para la gente de fuera, las arriesgadas y humillantes  incursiones de Plimpton se leen como memorables y exóticas descripciones desde dentro. Nunca volveremos a leer algo parecido. En otras palabras, él se prestó a hacer el trabajo sucio que el resto de los mortales no nos atrevemos a acometer. Porque una cosa es decir: “ese gol lo marco hasta yo” y otra muy distinta estar en un rectángulo de césped, con varios tipos dispuestos a partirte la tibia y cincuenta mil personas bramando. Ponerse en semejante disparadero está al alcance de muy pocos.

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Lo cierto es que tan valiosas como sus proezas físicas fueron sus radiografías de personajes, crónicas de ambiente y descripciones de eventos. Plimpton era un artesano del detalle. ¿Su principal virtud? Llegar a la esencia del asunto y pinzar las entendederas del lector curioso partiendo de pequeñas señales, observaciones en frío de momentos aparentemente insignificantes que, sumados o y exprimidos, terminan siendo balizas imprescindibles para entender las asperezas y virtudes del retratado. Y todo servido con un sentido del humor finísimo, reconcentrado, tremendamente efectivo.

En esta compilación de ensayos y artículos, dicha habilidad le permite dibujar perfiles de George Bush padre, con quien juega una disputada partida de lanzamiento de herradura; Woody Allen, al que disecciona de forma magistral aprovechando un artículo sobre el restaurante Elaine’s de Nueva York; o Ernest Hemingway, del que destila con finura su obsesión competitiva con Norman Mailer. No obstante, una de las mejores piezas está referida al que fue su reverso tenebroso (y parece que amigo) durante mucho tiempo: Hunter S. Thompson. El amo y señor del periodismo gonzo, el magus de la paranoia, se asoma en uno de sus artículos más divertidos. El juego de espejos entre ambos es delicioso; tan parecidos y tan separados por el abismo de la percepción alterada. Hunter S. Thompson ajustaba la realidad a su distorsionado campo de visión, mientras que Plimpton ajustaba su nítido campo de visión a la realidad.

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Porque el neoyorquino aportaba una mirada arrebatadoramente lúcida, a través de acciones propias de un loco embravecido por una curiosidad insaciable. En “El hombre que estuvo allí” nos encontramos a un tipo capaz de cualquier cosa para hacernos llegar la información más fiable, desde el mismo centro de la maldita tempestad. Definitivamente, leer a Plimpton es oler el sudor agrio del vestuario y escuchar los jabs vertiginosos de Muhammad Ali cortando el aire delante del espejo; sentir el guante de Archie Moore crujirte la napia; no poderle aguantar la mirada a Willie Mays en el montículo; intentar seguir un disco invisible en una maraña de testosterona, patines de hoja y armaduras de plástico… Estar en el ajo no es moco de pavo, estar en el ajo es un arte. Si no estáis de acuerdo, buscad fotos del asesinato de “Bobby” Kennedy, concretamente del momento en que varias personas reducen a Sirhan Sirhan, su ejecutor. Lo habéis adivinado: uno de los hombres que tiene al pistolero sujeto por la solapa es George Plimpton.

Categoría: Cultura | 11 diciembre, 2015
Redacción: Óscar Broc
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