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Montarse películas, esa manera peculiar de ¿comunicarnos?

Si verbalizáramos lo que nos ocurre, el otro podría saber en qué estamos y, a su vez, podría decir en qué anda él.

Categoría: Cultura | 30 enero, 2015
Redacción: Eulàlia París

Uno de los aspectos que más me llaman la atención es la dificultad para expresarnos que, como sociedad, tenemos. Aunque pareciera que como nunca, y gracias a la instantaneidad de la tecnología, tenemos a nuestra disposición todos los medios y facilidades al alcance para comunicarnos.

Al final no se trata tanto del medio o la cantidad, como de la calidad de lo expresado. Y lo cierto es que, en vistas de los malentendidos diarios, esa calidad parece poco existente.

Por un lado, vivimos en la sociedad del quedar bien y de las apariencias. Así, tendemos a separar entre las emociones buenas y las malas. Parece que tenemos que estar alegres y felices todo el tiempo -eso sería lo bueno; y naif también- y descartamos que a veces nos sentimos tristes o infelices o descontentos o enfadados -eso sería lo malo-. Lo desagradable tendemos a guardarlo para nosotros.

Claro, a mi me desagrada estar enfadada… pero ¿y si tengo motivos razonables? ¿Por qué no voy a estarlo? ¿Por qué tendría que disimularlo?

Por otro lado la gestión de las emociones negativas es curiosa.

Por continuar con el ejemplo del enfado, muchas veces no lo verbalizamos, se lo hacemos notar al otro y/o esperamos que el otro lo note ¿con qué intención? ¿Para que él tome la iniciativa y nos pregunte lo que nos pasa? ¿Quién es el que está enfadado aquí?

Podríamos decirle “Me he enfadado contigo”… pero no queremos quedar mal con el otro, o hacerle sentir culpable, o incomodarle, ni nadie nos enseñó que eso se podía decir y, sobre todo, no nos dio permiso. Así que no lo tenemos aprehendido.
Podríamos incluso decirle “Me he enfadado contigo y estoy tan rabioso ahora que prefiero que pase un rato antes de explicarte el motivo de mi enfado”.

Hay personas que esconden el enfado directamente o se dicen que tampoco es para tanto.

Las hay especialistas en acumular enfados y un buen día estallan con la lista de agravios y reproches. “¡Con todo lo que he hecho por tí!”. En esta frase hay una expectativa sobre cómo debería el otro valorar lo que le doy, y esos parámetros son los míos, no los suyos; como si el otro fuese un planeta que gira a mí alrededor y no uno de órbita propia. Padecemos de ombliguismo.

Y los hay especialistas en ofenderse tanto que le retiran al otro el contacto, el habla y se desvanecen. Gone with the wind.

Por último, están las interpretaciones de todo tipo: me dices esto y yo entiendo/supongo/interpreto que me estás pidiendo tal cosa. O lanzo un mensaje y espero que lo entiendas… on my way, claro. Lo más fácil sería aclararlo: ¿Qué necesitas de mi exactamente? o un ¿Lo he entendido bien?

Esas son el tipo de películas que nos montamos.

Si verbalizáramos lo que nos ocurre, el otro podría saber en qué estamos y, a su vez, podría decir en qué anda él. Podríamos estar de acuerdo o no, pero al menos sabríamos lo que hay. Dicho así parece muy fácil. No lo es porque para empezar, ¿realmente tenemos claro en qué estamos? ¿Cómo nos comunicamos con nosotros mismos? ¿Qué calidad de diálogo interno tenemos?
Sobre esto voy a hablar el próximo mes.

 

Agradecimientos: a Xavier Grau por el Naming de la sección y a Martí Panés por ilustrar la entrada.

Categoría: Cultura | 30 enero, 2015
Redacción: Eulàlia París
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