R t V f F I
espiral

El enredo de la ansiedad

Nos paralizamos ante ciertas creencias sobre nosotros o sobre lo que está por ocurrir y lo vivimos como si nos enfrentáramos a algo descomunal

Categoría: Cultura | 29 diciembre, 2016
Redacción: Eulàlia París

espiral El enredo de la ansiedad

En principio, la ansiedad es una respuesta adaptativa ante situaciones estresantes que ha resultado muy eficaz para la supervivencia humana. Se da una señal de alerta general porque percibimos algún peligro o amenaza y el cuerpo se prepara para reaccionar. Ahora bien, en nuestras sociedades occidentales, la ansiedad deja de ser una reacción puntual para ir más allá de los motivos que la provocan y volverse en algo habitual, incluso crónico. Lo que debería ser transitorio y quedarse meramente en un estado, se ha convertido en un rasgo de carácter; por lo tanto, persistente. Dicho de otro modo, estamos permanentemente en estado de alerta, como si a cada segundo un león amenazara con aparecer por la esquina. Trabajarla desde la psicoterapia puede ayudar a minimizarla, aunque va a continuar rondándonos con mayor o menor intensidad.

Algunos de los aspectos de su sintomatología física probablemente nos son conocidos: sudoración, sequedad en la boca, mareos, temblores, tensión muscular, migrañas, palpitaciones, taquicardia, presión en el pecho, aceleración del ritmo respiratorio o dificultad respiratoria, náuseas, vómitos, diarrea o restreñimiento… También se da una sintomatología psíquica: preocupación, sensación de agobio, dificultad de concentración, inquietud, irritabilidad, desasosiego… Anticipamos situaciones, nos paralizamos por ciertos pensamientos o creencias sobre nosotros o sobre lo que está por ocurrir; y lo vivimos como si nos enfrentáramos a algo descomunal. De hecho, se dispara cuando sentimos que podemos ser destruidos (no en el sentido literal, sino psíquico), por sentimientos de culpa o remordimientos de estilo persecutorio y/o bien por sentimientos de desamparo y pérdida.

Muchas de estas vivencias se estructuran durante la infancia. Las experiencias que nos toca vivir pueden hacer que desarrollemos esa tendencia a la ansiedad. La muerte de un progenitor, la separación de los padres, vivir acoso en la escuela, el maltrato físico o psíquico o el abuso sexual, pueden estar detrás de la generación de ansiedad.En cierto modo, cuando sentimos ansiedad, quien está reaccionando es el niño que fuimos. El mayor terror de un niño es que aquellos de los que depende le abandonen; porque aunque seamos niños, sabemos que nuestra existencia está en sus manos; todavía no nos valemos por nosotros mismos. Así que de pequeños tenemos la mirada puesta en nuestros cuidadores. Buscamos su aprobación y reconocimiento. E interpretamos sus actos, directos o indirectos. A veces interpretamos acertadamente, otras no. Pero que sea cierto o no, acaba siendo lo de menos. La cuestión es cómo lo vivimos. Una simple mirada puede aterrarnos demoledoramente. Intentaremos adaptarnos como sea, comiéndonos el sufrimiento. A veces nos hacemos cargo de cosas que no nos tocan. Si hace falta, nos explicaremos que mamá nos pega porque nos portamos mal.

Un ejemplo más desarrollado: “Mira, has hecho que mamá llore/ se ponga triste/ se enfade. ¡Estarás contento!“.  Recibir a menudo mensajes de este tipo, haciendo creer que uno tiene ese poder de afectación en el otro, es un muy buen camino para acabar sintiendo culpa de una manera relativamente constante. El niño toma la idea que es la fuente o el causante de los problemas del otro, por lo tanto que es, por lo menos, malo. Vivir con culpa, con remordimiento por lo que se hace o se deja de hacer, es una buena fuente de ansiedad.

Así, se estructura una manera de, no sólo comportarse, sino también de interpretar los hechos. Y de adulto me andaré con cuidado a la hora de decir según qué cosas a según quién para evitar ese “poder” atroz que tengo de desencadenarle un daño demoledor al otro. No diré lo que me molesta o me duele… ¿y dónde quedará esa molestia o dolor míos?

Imagínate la siguiente pesadilla: un vigilante te sigue a todas horas, a cada lugar, comenta todo y cada uno de tus actos y palabras con desprecio o burla. Y normalmente te azota. Por más que huyes, por más que intentas darle esquinazo, no sabes cómo pero aparece de nuevo, siempre con la misma actitud maltratadora. ¿Te lo imaginas? Tenemos pesadillas en las que aparecen personajes que nos persiguen con malas intenciones y de los que intentamos huir sin fortuna. Nos despertamos ansiosos, sudorosos, nos falta el aire. Bueno, pues esa es una buena representación de cómo funciona nuestro juez interno y de cómo vivimos atados, gracias a él, a la ansiedad.La cosa no acaba aquí. Cuando la ansiedad es muy intensa, se puede convertir en angustia. La veremos en el próximo artículo.

Sa i estalvi

Agradecimientos:

A NomNam por el naming de la sección

Imagen de pixabay

 

Categoría: Cultura | 29 diciembre, 2016
Redacción: Eulàlia París
Tags:  ansiedad, Eulàlia París, sano y salvo,

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