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El golpe de Gracia

Paseo de Gracia se une a BCNegra 2015, el encuentro anual de novela negra, con un relato ‘noir’ inspirado en nuestra avenida favorita.

Categoría: Cultura | 28 enero, 2015
Redacción: Jaime Barber

Me dijo una vez Alvite que lo más interesante de una mujer es lo que ignoramos de ella. Lo que yo ahora necesitaba para comportarme como un profesional era que la mujer que se sentaba al otro lado de mi escritorio dejase de interesarme por completo, así que comencé a pedirle información. “Hábleme de la baldosa”, le dije.

“En primer lugar”, comenzó, “me gustaría aclarar que no era una de esos souvenirs para turistas poco exigentes, no. Esos reproducen el diseño original de Antoni Gaudí pero están hechos de porcelana, en el mejor de los casos, y no pesarán más de quinientos gramos. Ésta, por el contrario, era una auténtica baldosa de Paseo de Gracia, desgastada tras millones de pisadas. Yo misma la traje al estudio. No me importa confesar que la robé en un descuido de los obreros que trabajaban en la reforma de la avenida. Al contrario que los adoquines que se comercializan, las baldosas reales pesan unos tres kilos y el paso del tiempo termina difuminando los motivos marinos que forman el mosaico de la acera”.

Su minuciosa introducción se vio interrumpida por el sonido de su iPhone, tan inoportuno como un regüeldo frente al altar. Mientras lo sacaba de su bolso me la imaginé incómoda entre los swaggers que rodean la Apple Store en el número 1 de Paseo de Gracia, como un álbum de Ella Fitzgerald colocado por error en la sección de ritmos electrolatinos. Silenció su terminal y continuó hablándome de su baldosa.

“Inicialmente pensé en colocarla como elemento decorativo en el estudio, pero aquello no gustó a Patricia. ‘¡Está vieja, desgastada y a saber cuánta mierda ha acumulado!’, me soltó con desprecio. Acaté su negativa y la baldosa terminó convertida en un pisapapeles sobre mi escritorio, donde pasaría desapercibido para ella. Todo aquello me molestó, claro, sobre todo teniendo en cuenta que no mucho tiempo atrás se había desentendido del restyling del estudio, del que me hice cargo totalmente. En realidad podría decirse lo mismo de cualquier aspecto relacionado con el trabajo: yo dirigía cada proyecto, supervisaba a los diseñadores y tenía la decisión final sobre cada propuesta. Patricia solo se encargaba de recoger los premios y codearse con la flor y nata de Barcelona. No pensé que todo terminaría así cuando entré a trabajar para ella recién terminada la carrera”.

Era diseñadora gráfica y su mejor trabajo era ella misma. Parecía sacada del escaparate de Santa Eulalia, si acaso un maniquí fuese capaz de provocar un infarto de miocardio. Solo rompían su total black unos zapatos a juego con el cereza gloss de sus labios y el colgante dorado que reposaba sobre la abertura de su blusa con la estudiada intención de una derringer Remington enfundada en un liguero. “¿Cómo se conocieron Patricia y usted?”, pregunté.

“En la clásica entrevista de trabajo”, respondió con serenidad. “Patricia era una leyenda del diseño barcelonés con un portfolio deslumbrante y una personalidad magnética. Fue ella quien me seleccionó y me guió desde el principio. Cada día aprendía algo de ella, de su trabajo y de su extensa biblioteca. Me presentó a las luminarias del diseño como su “digna sucesora” y yo me dejé querer por ese engañoso mundo de celebridades y cócteles. Conectábamos y, por supuesto, esa conexión terminó rebasando lo estrictamente profesional. Lamentablemente, Patricia fue cansándose de su profesión y de mí. Mientras su pasión se apagaba, yo reenfoqué la mía en mantener el estudio a la vanguardia del diseño, convertida ya en su directora creativa en funciones”.

La decoración del estudio, que había visitado el día anterior, era tan afín a su carácter como su colgante de Après Ski o su bolso de Bimba & Lola. El interiorismo era sobrio, delicado y, hasta hace poco, en equilibrio. Su jefa, por el contrario, parecía tener predilección por los excesos. Le pedí que me detallara las funciones de Patricia en el estudio mientras ella ejercía de facto como directora creativa.

“Se dedicaba a hacer nuevos contactos y a afianzar las relaciones con los clientes”. Hizo una pausa para decidir si iría más allá. “Aquello normalmente conllevaba cocina de autor, cocaína y esporádicos encuentros sexuales. Las pocas veces que prestaba atención al diseño era para infravalorar el talento de su equipo, talento que sí era alabado en certámenes de diseño”.

Su voz se cortó, tan amarga como la leche. Acudió otra vez a su bolso para sacar su pitillera. Con una mirada pidió permiso y con una mirada se lo concedí, pensando que el humo del tabaco la difuminaría lo suficiente como para aclararme las ideas. “Comprendo su rencor”, dije comprensivo, “pero sigo sin comprender aquella noche”.

“Seguro que usted ha tenido alguna noche como aquella”, aseguró, dando una calada donde otros ponen un punto y seguido. “Seguro que en sus días de pasante las tuvo, y también las tendrá ahora. Son las noches en las que no hay día siguiente, en las que un trabajo debe terminarse sí o sí. Debían ser las tres de la mañana y en el estudio sólo estábamos yo y el plotter, que imprimía todo el material que al día siguiente a primera hora debíamos presentar si queríamos participar en un importante concurso del Ayuntamiento. Aquella noche no era la primera en blanco porque ganar aquel concurso aseguraría la estabilidad del estudio. Lamentablemente, cualquier estabilidad desapareció cuando Patricia irrumpió después de semanas desaparecida. Entró tambaleándose y apestando a Bombay Sapphire. `¡Aquí encerrada no te vas a echar novio, chica!´, vociferó antes de llenar el estudio con una despreciable carcajada. Después se acercó a mi Mac y dedicó algunos comentarios despectivos a mis últimos diseños. Finalmente se dirigió al ventanal y lo abrió de par en par, dejando paso a una desapacible noche de enero”.

En este punto del relato, mi defendida se convirtió en la clase mujer que ningún abogado querría acompañar a declarar ante un juez. La clase de mujer que no provoca suspiros sino estertores.

“Creo en el diseño funcional”, dijo, “y en aquel momento nada me pareció más funcional que una losa de tres kilos con seis aristas afiladas. La fuerte corriente desperdigó los documentos sobre los que la baldosa descansaba. Patricia, borracha y absorta en las vistas que el ventanal ofrecía de la Casa Milà, no me escuchó llegar por detrás”.

No es aquello lo que mi defendida contó a los Mossos d’Esquadra y, como bien apuntó Alvite una vez, “la sinceridad consiste en contar siempre la misma mentira”. La conmoción por la inesperada muerte de su jefa que constaba en la declaración había sido sustituido por aquella descarnada confesión y, lo que es peor, por una total falta de culpabilidad.

“Aquella decisión no pudo discutirla”, prosiguió con frialdad. “Asintió con la cabeza, claro que asintió, justo antes de desplomarse inerte sobre el suelo. Es cierto, no hay delicadeza en el sonido de un cráneo resquebrajándose, pero la sangre de Patricia sobre las paredes y el suelo desprendía la agresiva belleza del expresionismo abstracto“.

A continuación describió fríamente cómo al día siguiente presentó su proyecto y se tomó la mañana libre para ir de compras. El escaparate de Loewe no reflejó ni un atisbo de remordimiento. Aquel era un caso cerrado. Le ofrecí como único consejo profesional que echara un par de mudas limpias en su bolso de piel y cogiese el primer tren que saliera en dirección a cualquier parte. En los días siguientes mi teléfono estuvo fuera de cobertura para la policía, me borré de la ciudad y dediqué mi tiempo a intentar comprender a aquella mujer para la que incluso el homicidio era un ejercicio de estilo.

Categoría: Cultura | 28 enero, 2015
Redacción: Jaime Barber
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